Recursos Humanos del Universo

Personajes:

LEONARDO — El Veterano

  • Lleva en el puesto cientos de miles de años (200.000, mencionado varias veces).
  • Triple excepcionalidad: AACC + TEA + TDAH + dislexia — nunca se nombra en voz alta, se reconoce por comportamiento.
  • Serio de fondo, pero con humor seco y regular; nunca sube el tono.
  • Problemas de memoria por la edad — running gag plantado temprano (olvida qué expediente acaba de mencionar) y pagado a fondo al final del Acto I (pregunta qué decía la Regla 5 después de haberla declarado él mismo «desaparecida para siempre, nadie sabrá jamás qué decía»).
  • Rituales fijos: endereza la taza un centímetro, evita escribir a mano, confía en memoria y criterio antes que en la pantalla.
  • Es el único con sitio fijo y portátil de mesa propio.
  • Guarda una Gioconda recortada en cartón en un cajón, con un cuidado que no pone en nada más — pista muda de que él mismo fue expediente en otro ciclo (Leonardo da Vinci), reservada para revelarse en el Acto III.
  • Hizo personalmente el expediente de Marie C.
  • Frase ancla: «Veamos qué harán esta vez.»
  • Ante la crisis (arresto de Javier), reacciona con calma casi ofensiva: va a por café, se pelea con la máquina, suelta una grosería en voz neutra — lo cual la hace más grosera todavía.
  • Función dramática: memoria institucional, conciencia moral silenciosa, el peso y el secreto que estalla en el Acto III.
  • En varias veces mueve su taza u otro objeto de un centímetro para que sea perfectamente alineado (Autismo)
  • Cada vez que tiene un lag de memoria, se queda completamente inmóvil 1-2 segundos de más, mirando un punto fijo.
  • Cuando guarda la Gioconda, el gesto es más lento y cuidadoso que cualquier otra acción. Es sagrada para él.
  • Sentado, quieto, rígido. La edad se nota en la lentitud y en los gestos repetitivos.

MARTIN — El Caótico

  • Doble excepcionalidad: TDA + AACC.
  • Muy expresivo con cara y cuerpo — cejas, muecas, gestos que llegan antes que las palabras.
  • Impulsivo, se aburre con lo rutinario, resuelve lo imposible sin previo aviso.
  • Come sin mirar dónde pisa, se sienta encima de las mesas, nunca en la silla.
  • Escribe a mano (al contrario que Angela y Leonardo) — por eso nunca encuentra nada.
  • Pasado oscuro sin resolver en voz alta: siglos atrás, un impulso suyo sembró combinaciones que hoy siguen manifestándose como esquizofrenia y trastorno bipolar en líneas genealógicas enteras. Nadie se lo reprocha directamente, pero Leonardo lo vigila de cerca sin explicar por qué.
  • Es quien empuja a fabricar el perfil «casi perfecto» con la complicidad de Angela, apoyándose en el «creo» ambiguo de la Regla 7 de Pedro.
  • Vive el arresto de Javier como un partido de fútbol.
  • Suelta los chistes más negros del repaso de expedientes.
  • Función dramática: pensamiento divergente con consecuencias reales; el peso de haber tenido razón y haberse equivocado a la vez.
  • A veces se siente en la mesa, a veces en la silla invertida, a veces se gira en la silla, no es conformista. Juega con su taza. A veces se levanta y se siente de nuevo sin que se sabe porque.
  • Movimiento constante, ocupa el espacio, se ríe. Es dueño de la oficina.

ANGELA — La Nueva

  • TDAH: hiperactiva, espontánea, impulsiva. Sonríe casi todo el rato, muy fresca.
  • Disgrafía — nunca escribe a mano, usa un dictáfono para absolutamente todo, colgado al cuello con lucecita roja.
  • Está en el puesto porque su padre conoce a gente bien situada, no por mérito — y actúa como una adolescente: preguntas sin filtro, emoción rápida, aburrimiento rápido.
  • Su empatía es genuina pero inexperta — no calcula consecuencias, y por eso es la cómplice perfecta de Martin al romper la Regla 7.
  • No tiene mesa propia; hace malabares con el portátil sobre el antebrazo o encima de los archivadores al inicio hasta que le indican una silla.
  • Ante la crisis, se agacha por instinto y narra en susurros de pánico al dictáfono.
  • El dictáfono no es solo un gag: al final del Acto I lo deja grabando en silencio, apuntando a Martin — una prueba guardada para más adelante.
  • Función dramática: la mirada del público, la ingenuidad que se va a estrellar contra la realidad en el Acto III.
  • Se mueve mucho, a veces no tiene las piernas tranquilas, se levanta, camina, es hiperactiva.
  • Agarra su dictáfono cuando no se siente segura.
  • Tamborilea a veces
  • Cuando está sobreestimulada, habla más rápido y se mueve más (pierna, ratón, cambio de peso).
  • Cuando algo la golpea de verdad (Hitler, su propio expediente), se queda quieta por primera vez… y eso se nota precisamente porque el resto del tiempo no para.

MINISTROS (solo voz, desde el altavoz de pared — nunca desde la pantalla)

JAVIER GOLDAS — El Ministro caído

  • Cae por corrupción en pleno directo, a mitad de la Regla 5: reasignaba nacimientos, cambiaba familias ricas por otras más ricas a cambio de favores.
  • Voz segura y engolada, disfruta oírse. Tiene todo del político corrupto con experiencia.
  • Arresto relámpago: patada en la puerta, esposas (ruido de esposas pegado al micro), corte a media palabra.
  • Función dramática: deflación institucional inmediata — la autoridad suprema es tan corruptible y sustituible como cualquier funcionario de a pie.

PEDRO CASTO — El Ministro nuevo

  • Sustituto de urgencia, cuatro minutos en el puesto, no sabe nada del reglamento.
  • Más interesado en su propia imagen que en el cargo (pregunta si puede poner «Ministro» en su perfil, si hay tarjetas).
  • Un poco tonto y desubicado — pregunta si la oficina «hace personas, como una fábrica» y si hay «control de calidad».
  • Dos huecos administrativos que abre sin querer: pierde la Regla 5 para siempre (nunca la tuvo en su copia) y entrega la Regla 7 con un «creo» que Martin usa como resquicio legal.
  • Su apellido, Casto, da pie a un chiste con Martin sobre la ironía tras un ministro corrupto.
  • Función dramática: catalizador involuntario del conflicto — la incompetencia como origen del caos, no la maldad.

ACCESORIOS

LA IMPRESORA

  • Es objeto con vida, el cuarto actor

EL ALTA VOZ

  • Sirve al ministro para comunicar desde su oficina

LA MAQUINA A CAFÉ

  • Es accesorio. No funciona y recibe golpes. Objeto de bromas

LA PANTALLA

  • Sirve al sistema informático para comunicar datos

EL BUZZER

  • Sirve para dar alarmas cortas en oportunidades

Decor

Imágen abajo de referencia. Una oficina administrativa. Paredes de un gris triste, con manchas donde la pintura se ha ido cayendo con los años, a trozos, como una piel vieja. Mesas metálicas, un único portátil abierto sobre la mesa central, frente a un sitio que es evidentemente el de siempre de alguien, tazas de café desportilladas, archivadores hasta el techo — uno de ellos, al fondo, con una etiqueta escrita a mano: «APOCALIPSIS (PENDIENTE)» — una impresora enorme y antigua en un rincón, parpadeando una luz roja de atasco de papel. Nada recuerda al cielo. Podría ser la oficina de cualquier ministerio de cualquier país el lunes por la mañana. Una viaje maquina de café.

Al fondo, una pantalla apagada. Junto a ella, discreto, casi invisible, un altavoz de pared.

ACTO I — La reunión

Música de inicio

by Que baja justo antes de que Angela habla

Se enciende la luz. LEONARDO ya está ahí, sentado en su sitio, frente a su portátil, quieto, mirando fijamente algo que sostiene entre las manos: un trozo de cartón recortado a mano, con una reproducción barata de la Gioconda pegada encima — el tipo de cosa que se hace con un cúter, una tarde libre y demasiado tiempo detrás. La mira con la cabeza ligeramente inclinada, una sonrisa tonta en la cara que no parece saber que está ahí, como quien mira una fotografía antigua de alguien que ya no es.

Entra ANGELA, deprisa, de espaldas a él, cerrando la puerta con la cadera porque lleva el portátil bajo un brazo y un café en un vaso de plástico en la otra mano, sonriendo de oreja a oreja, como si el mundo todavía no le hubiera dado ningún motivo serio para dejar de hacerlo, absolutamente convencida de que la oficina está vacía. Colgado del cuello, un dictáfono pequeño, de los de pilas, con una lucecita roja que parpadea cuando graba.

(Deja el portátil en equilibrio sobre una pila de archivadores — no tiene mesa propia, así que improvisa — y se lleva el dictáfono a la boca, todavía sin ver a Leonardo, con la confianza absoluta de quien habla sola.)

ANGELA  (al dictáfono, bajito, con la complicidad de quien cree que nadie la oye)  —  Nota. Primer día. Todavía no ha llegado nadie, así que voy a decir esto mientras puedo: si el trabajo es tan raro como suena en la entrevista, dimito antes de comer. Fin de la nota.

(Suelta el botón, satisfecha consigo misma, se da la vuelta — y ahí está Leonardo, quieto, mirándola, la Gioconda de cartón todavía en la mano. Angela pega un grito ahogado y da un salto hacia atrás casi haciendo caer el vaso al piso.)

ANGELA  —  ¡AH! — Perdón — no — ¿llevas ahí todo el rato?

LEONARDO  (sin inmutarse, sin mover la Gioconda de sitio)  —  Todo el rato.

ANGELA  —  ¿Lo… lo has oído?

LEONARDO  —  Cada palabra.

ANGELA  —  Genial. Genial, genial, genial. Primer día perfecto como siempre.

LEONARDO  (volviendo a mirar el cartón, ya sin darle importancia al susto)  —  No te preocupes. Aquí nadie dimite el primer día. Hace falta más de un día para entender exactamente qué es lo que habría que dimitir.

ANGELA  (fijándose por primera vez en lo que tiene entre las manos)  —  ¿Eso es… la Gioconda? ¿En cartón?

LEONARDO  —  Es un recorte. Lo hizo alguien que la conocía bien.

ANGELA  —  ¿Y por qué lo tienes tú?

(LEONARDO lo guarda en un cajón, cerrándolo con más cuidado del que le ha visto poner en nada hasta ahora.)

LEONARDO  —  Manías de oficina. Todo el mundo tiene alguna. Pronto tendrás unas también.

(La puerta se abre de nuevo. Entra MARTIN, comiendo una rosquilla directamente de una bolsa, con la cara haciendo todo el trabajo que su boca todavía no ha empezado: cejas, muecas, un gesto entero antes de la primera palabra. Lleva su propio portátil bajo el brazo, como quien carga una tabla de surf que no piensa usar todavía.)

(Hay dos sillas junto a la mesa central, una de Leonardo: la suya, ya ocupada, y una segunda, libre. ANGELA va derecha hacia esta última y empieza a arrastrarla hacia el sitio donde ha dejado el portátil. MARTIN llega antes, y pone la mano sobre el respaldo.)

MARTIN  —  Esa es mi silla.

ANGELA  —  ¿Tuya? No tiene tu nombre en ninguna parte.

MARTIN  —  Está en mi cabeza. Ahí sí lo tiene.

(Se sienta él, al revés, con los brazos cruzados sobre el respaldo, dejando a Angela sin silla y sin argumento.)

ANGELA  (mirando alrededor, sin encontrar ninguna otra)  —  ¿Y yo dónde…?

(LEONARDO, sin decir nada, se levanta, camina hasta un rincón de la oficina y vuelve arrastrando una silla que deja junto a Angela sin ceremonia.)

LEONARDO  —  Toma.

ANGELA  —  ¿Esto es…?

LEONARDO  —  Lo que hay.

 

(Angela se sienta en ella, dubitativa. Se hunde bastante más de lo esperado. Se acomoda como puede.)

ANGELA  (recuperando la compostura de golpe, hablando demasiado rápido, como quien tapa un silencio incómodo con otro ruido)  —  ¡Ya estoy, ya estoy, perdón, es que el portal de abajo tiene una cola que no os la creéis, había una energúmena discutiendo con el mostrador sobre si el Big Bang fue un lunes o un martes y yo ahí, mirando el reloj, pensando «no puede ser mi primer día y llegar tarde», y entonces—

(Se interrumpe a sí misma. Se lleva el dictáfono a la boca otra vez, aprieta el botón.)

ANGELA  (al dictáfono)  —  Nota. Preguntar si el café gratis es ilimitado o si hay un límite no escrito que voy a descubrir cuando ya sea tarde.

(Suelta el botón. Vuelve a la normalidad, como si no hubiera pasado nada.)

MARTIN  —  El Big Bang fue un jueves. Lo sé porque yo apunté la hora en algún sitio. En algún archivador… en alguno.

(Se ha levantado sin darse cuenta, hablando de pie, gesticulando con la rosquilla como si fuera un puntero.)

ANGELA  —  ¿Es verdad eso?

LEONARDO  (sin mover la cabeza)  —  No.

MARTIN  —  Podría serlo.

LEONARDO  —  Podría serlo casi todo lo que dices. Ese es tu problema.

MARTIN  —  Y el tuyo es que te crees el único que tiene razón desde hace diez mil años.

LEONARDO  —  No me la creo. La tengo. Es distinto.

(MARTIN se sube a sentarse en el borde de la mesa, columpiando las piernas, ya sin ninguna intención de volver a su silla.)

(ANGELA recupera su portátil de encima de los archivadores y lo equilibra sobre el antebrazo, tecleando con la otra mano, un malabarismo que maneja muy bien — no le queda otra, con esa silla.)

ANGELA  —  Odio rellenar formularios a mano. ¿Sabéis lo que me cuesta escribir una frase entera sin que se me tuerza la mitad de las letras? Nada, en realidad… porque no lo hago. (levanta el dictáfono como quien enseña un trofeo) Para eso está esto. Hablo, y ya está. Que el Sistema bendiga a quien inventó grabar la voz en vez de tener que dibujarla con la mano.

LEONARDO  —  Llevo quinientos años sin escribir una palabra a mano. No es una discapacidad, Angela. Es evolución del puesto de trabajo.

MARTIN  —  A mí ese trasto me pone nervioso. Nunca sabes cuándo está grabando.

ANGELA  —  Siempre está grabando o casi.

MARTIN  —  Eso es peor.

(Se baja de la mesa de un salto, se acerca a la impresora, la mira de cerca, casi con cariño, como quien visita a un pariente enfermo.)

MARTIN  —  Yo sí escribo a mano. Por eso nunca encuentro nada.

(Señala el archivador más cercano a la impresora, que sigue parpadeando en rojo, sin dejar de mirar la máquina.)

MARTIN  —  Por cierto, la impresora sigue atascada.

LEONARDO  —  La impresora lleva atascada desde el Renacimiento.

MARTIN  —  ¿Ese mismo papel?

LEONARDO  —  Ese mismo papel.

(Angela se levanta, arrastrando un poco la silla plegable, y se acerca también a mirar la impresora con una mezcla de fascinación y horror, como quien mira un fósil vivo.)

ANGELA  —  ¿Y nadie la ha arreglado nunca?

LEONARDO  —  Se abrió un expediente. Está en trámite.

MARTIN  —  El expediente también está atascado.

ANGELA  —  ¿El expediente de la impresora está atascado en la impresora?

MARTIN  —  El sistema tiene su propio sentido del humor. Uno bastante malo, pero constante.

LEONARDO  (frunciendo el ceño, un segundo de más)  —  ¿Qué expediente?

MARTIN  —  El de la impresora. El que acabas de mencionar tú.

LEONARDO  —  Ah. Sí. Ese. (bebe café, como si eso solucionara algo) Se me ha ido un momento.

MARTIN  (a Angela, moviendo mucho las cejas, disfrutando, todavía sin volver a sentarse)  —  Le pasa cada vez más.

LEONARDO  —  Os oigo.

MARTIN  —  Ya lo sé. Por eso lo digo tan alto.

(Angela se ríe, un poco más fuerte de lo necesario, un poco más rápido de lo necesario. Se calla de golpe cuando ve que nadie más se ríe. Bebe café. Se quema. No dice nada, orgullosa. Vuelve a su silla plegable arrastrando los pies; MARTIN sigue de pie, todavía junto a la impresora, sin ninguna prisa por sentarse.)

(La pantalla se enciende sola. Un pitido breve, casi litúrgico.)

PANTALLA  

ANGELA  —  Cada vez que dice eso me da un vértigo horrible.

LEONARDO  —  Se te pasa. Al cabo de unos doscientos ciclos, se te pasa.

MARTIN  —  A mí no se me ha pasado.

LEONARDO  —  Tú eres un caso aparte.

(Se sientan. Rituales pequeños: Leonardo endereza su taza exactamente un centímetro a la izquierda. Angela no puede parar quieta, mueve la pierna, hace clic con el ratón sin necesidad. Martin ya no está mirando la pantalla, está mirando el techo, como si algo interesante estuviera pasando ahí arriba.)

LEONARDO  —  Reglamento. Empezamos por el reglamento.

ANGELA  —  ¿Siempre?

LEONARDO  —  Siempre.

ANGELA  —  ¿Y si un día no lo leemos?

LEONARDO  —  Entonces un día no habría humanidad. O habría una sola clase de ella. Que para el caso es lo mismo.

MARTIN  (a Angela, en voz baja, como quien explica algo obvio)  —  Déjalo hacerlo. Es parte de sus rutinas. Sin ellas, hace una pataleta.

LEONARDO  —  Os oigo.

MARTIN  —  Ya lo sé. Por eso lo digo bajito, para variar.

(Mientras Leonardo intenta seguir leyendo — con una paciencia que se le nota cada vez más fina — MARTIN empieza a girar su silla sobre sí mismo, despacio al principio. ANGELA, contagiada sin darse cuenta, empieza a hacer clic con el ratón, sobre nada, sin ningún motivo.)

LEONARDO  (sin levantar la vista)  —  Reglamento. Regla uno…

(MARTIN gira un poco más rápido. ANGELA hace clic un poco más rápido.)

LEONARDO  —  …la humanidad solo evoluciona gracias a…

(MARTIN gira todavía más rápido. ANGELA, clic, clic, clic, cada vez más deprisa, como si compitiera con él sin saberlo.)

(LEONARDO se detiene a media frase. Se levanta, despacio, sin ninguna prisa aparente. Camina hasta Angela, le coge el ratón de las manos sin pedir permiso, lo desconecta de un tirón seco, y se lo guarda en el bolsillo. Angela se queda con la mano en el aire, sujetando nada.)

(Después, sin decir una palabra, se acerca a Martin y le para la silla en seco con el pie, justo en mitad de un giro.)

MARTIN  (todavía mareado, mirándolo)  —  ¿Me estás secuestrando el movimiento?

LEONARDO  —  Te estoy secuestrando el caos. Son cosas distintas.

(Vuelve a su sitio, se sienta.)

(La luz del altavoz se prende. La voz de JAVIER GOLDAS, el Ministro, sale del altavoz de pared, segura, engolada, la de un funcionario que disfruta oírse a sí mismo.)

(Durante todo esto, los tres reaccionan cada uno a su manera, sin dejar de escuchar. LEONARDO, con total tranquilidad, como si la redada fuera ruido de fondo, se levanta con su taza vacía y va hacia la máquina de café. Aprieta el botón. La máquina hace un ruido lastimero, tose, y no suelta nada.)

LEONARDO  (por lo bajo, sin ninguna emoción en la voz, lo cual lo hace todavía más grosero)  —  Me cago en la puta máquina.

(La golpea una vez en el lateral, seco, profesional, el gesto de quien lleva haciéndolo toda una vida. Suena como si tose de nuevo y sigue sin salir nada.)

LEONARDOEl café es el único consuelo que nos queda en esa oficina, y ni eso funciona.

MARTIN  (encantado se ha acercado del altavoz mirandolo aún, incorporándose de golpe, como si viera un gol)  —  ¡Oh! ¡Ya está, ya está, esposado, cuatro segundos, nuevo récord!

ANGELA  (se había levantado de prisa cuando escucho policía y se había escondido instintivamente detrás de la pila de archivadores, portátil apretado contra el pecho, dictáfono pegado a la boca, hablando a toda velocidad)  —  Nota, nota, nota. Primer día. Redada de cuatro segundos. No sé si esto es normal. Nadie me avisó de que esto pudiera ser normal.

LEONARDO  (todavía delante de la máquina, sin volverse, con la calma de quien ha aceptado una derrota muy antigua)  —  Trescientos años. Trescientos años sin que la cambien, ni la reparen, ni la miren siquiera. (un último golpecito, resignado) Trescientos años sin café decente y a él lo esposan en cuatro segundos. El universo tiene prioridades muy claras

MARTIN  —  Esa maquina se rompió poco después de que se inventara el café, si no recuerdo mal. Le dieron dos días de gloria y luego esto.

(Martín y Angela se quedan mirando hacia el altavoz, mudo ya. Leonardo regresa a su silla. Nadie dice nada durante un segundo demasiado largo para ser cómodo.)

MARTIN  (todavía con el subidón, sentándose despacio, como bajando de una montaña rusa)  —  Bueno. Eso ha sido mejor que cualquier expediente que hayamos abierto en todo el ciclo.

ANGELA  (saliendo de detrás de los archivadores, recomponiéndose, dictáfono aún en la mano)  —  ¿Siempre es así de fuerte el primer día?

LEONARDO  —  El primer día nunca es el fuerte. El fuerte es el segundo, cuando entiendes que va a repetirse.

ANGELA  —  (Se sienta en su silla con cara de incomoda) ¿Corrupción? ¿Aquí? ¿En Recursos Humanos del Universo?

LEONARDO  —  Angela, esto es una oficina. Las oficinas tienen impresoras atascadas, café malo y, cada cierto número de ciclos, un ministro que confunde «servicio celestial» con «patrimonio personal». La gente reza pidiendo milagros, Angela. No saben que un milagro es solo un error administrativo que nadie ha tenido cojones de borrar. Y la corrupción… la corrupción es simplemente el sistema inmunológico de la burocracia.

    MARTIN  (jugando con su taza, dándole vueltas sobre la mesa sin beber de ella)  —  Cambiaba familias ricas por familias más ricas a cambio de… digamos, favores. Hay gente que ha nacido en el chalet equivocado por culpa de ese hombre.

    ANGELA  (levantándose, incapaz de escuchar esto sentada, dando un par de vueltas cortas junto a su silla)  —  Eso es espantoso.

    LEONARDO  —  Eso es martes.

    MARTIN  —  Lo peor no es que lo hiciera. Es que encima lo hacía mal. Con ese dinero se podía comprar medio continente y él se conformó con una piscina y un yate de quince pies.

    LEONARDO  —  La corrupción sin ambición es la peor de todas. Al menos que sueñe en grande mientras nos arruina.

    ANGELA  (volviendo a sentarse, aunque solo a medias, en el borde de la silla)  —  Pero se ha quedado a medias con el reglamento. Se ha cortado justo en la regla cinco.

    LEONARDO  —  Alguien tendrá que terminarlo.

    (La luz del altavoz de pared se prende, otra vez solo voz, con la respiración entrecortada de alguien que ha corrido por un pasillo entero.)

    MARTIN  —  Cien, más o menos.

    (MARTIN, sin poder evitarlo, se ha vuelto a levantar durante la respuesta y camina despacio hacia el altavoz, mirándolo de reojo, como si esperara que hiciera algo mientras nadie la vigila.)

    ANGELA  (como susurrando a Martin, removiéndose en la silla plegable, que cruje un poco)  —  Me cae bien.

    LEONARDO  —  A mí también me caía bien el anterior, al principio.

    MARTIN  (hacia el altavoz, sin ninguna sutileza, dando un paso hacia la pared donde está el altavoz, como si eso ayudara a que Pedro lo oyera mejor)  —  Con ese apellido, Pedro, más te vale portarte mejor que el anterior.

    MARTIN  —  Casto.

    (Silencio. Los tres se miran, sin saber muy bien qué acaba de pasar.)

    LEONARDO  (sin ninguna expresión)  —  Puedes poner lo que quieras, Pedro. Nadie en la Tierra puede verificarlo.

    LEONARDO  —  Se ha quedado al inicio de la regla cinco.

    (Silencio. Los tres se miran.)

    ANGELA  —  Perdón, ¿y la cinco?

    ANGELA  —  La que se ha quedado a medias. «El contexto…» y ahí lo han cortado.

    (MARTIN, que sigue de pie desde hace rato, se acerca de los archivos sin pensárselo dos veces, y empieza a abrir cajones al azar, tirando papeles por el aire, «buscando» la regla con toda la seriedad del mundo.)

    MARTIN  —  Tiene que estar en algún sitio. Las reglas no desaparecen así como así.

    (ANGELA se une enseguida, encantada, dictáfono en mano — pero en vez de buscar, se dedica a corregir el desorden que va dejando Martin, apilando los papeles justo donde él los tira, un juego absurdo de destrucción y reconstrucción que ninguno de los dos parece haber acordado en voz alta.)

    ANGELA  (al dictáfono, sin dejar de apilar)  —  ¡Nota! Estamos buscando una regla fantasma. Si alguien la encuentra, por favor avisar a la sala.

    (LEONARDO no se mueve de su sitio. Se limita a enderezar la taza otra vez, el mismo centímetro de siempre, viendo el caos desde fuera con una paciencia que ya no sorprende a nadie.)

    LEONARDO  —  Habéis hecho un círculo perfecto. Os estáis persiguiendo el uno al otro. Y la regla sigue sin aparecer.

    (MARTIN se para en seco, mira el desorden que él mismo ha montado, y descubre que ANGELA ha apilado ya todos los papeles, en su sitio exacto, como si el caos nunca hubiera pasado por ahí.)

    MARTIN  (Sube encima de la mesa, con una idea que le ilumina la cara entera)  —  ¿Y si nos la inventamos?

    ANGELA  (se levanta, encantada, subiéndose al juego al instante)  —  ¡Sí! Algo que suene bien. «El contexto…» y seguimos nosotros.

    LEONARDO  (alzando la voz, solo un tono, lo justo para que se note)  —  No.

    ANGELA  —  ¿Eso también salta por esto?

    MARTIN  (Hace un salto de sorprendido y acercándose de la mesa, ya sin ganas de discutir)  —  Salta cuando alguien intenta reciclar una fórmula. Y salta también cuando hay bronca de verdad. El sistema le tiene miedo a las dos cosas por igual.

    (Silencio. ANGELA deja de apilar papeles. Ninguno de los dos ha oído a Leonardo levantar la voz hasta ahora, ni un tono, y basta con eso.)

    LEONARDO  (ya otra vez con su tono de siempre, seco, casi divertido)  —  Veamos qué harán esta vez.

    LEONARDO  (muy despacio, mirando su taza, sin ninguna prisa)  —  Entonces no la sabremos nunca.

    MARTIN  (demasiado alegre)  —  Se puede vivir con ocho perfectamente incluso mejor que con nueve. Nueve era un número demasiado perfecto.

    LEONARDO  (sonriendo)  —  Regla cinco. Desaparecida. Como la mayoría de las cosas importantes que intentamos proteger. Nadie sabrá jamás qué decía.

    (MARTIN, ya sin nada que buscar, vuelve a su silla y se deja caer en ella, esta vez sentado del derecho, agotado del numerito.)

    (Un silencio raro, casi solemne, como un minuto de silencio por algo que nadie llegó a conocer. Angela levanta el dictáfono.)

    ANGELA  (al dictáfono, muy seria)  —  Nota. Ha desaparecido una regla. Nadie parece preocupado salvo yo.

    (Silencio breve. Angela y Martin se miran. Es apenas medio segundo. Pero es suficiente. Leonardo, que lo ha visto todo antes, no dice nada. Lleva la taza a sus labios, y se da cuenta de que la taza está vacía.)

    MARTIN  (demasiado tranquilo)  —  «Creo.» Qué palabra tan bonita en un reglamento.

    ANGELA  (igual de tranquila, fatal disimulando)  —  Sí. Muy jurídica. Muy sólida.

    ANGELA  (sonriendo)  —  Muy bonita, esa. Deberíamos ponerla en un póster.

    LEONARDO  —  Ya lo estuvo. Se atascó en la impresora. En mil ochocientos cuarenta y uno.

    LEONARDO  —  Todo sigue ahí dentro.

    MARTIN  —  Más o menos.

    LEONARDO  —  El último control de calidad externo fue en el año treinta y tres. No salió bien para el inspector. Lo reenviamos a nacer en la Tierra como siameses, una persona con dos cabezas… pero solo una tenía razón. La otra discutía con ella todo el tiempo.

    MARTIN  —  Lo visitamos después. Por cortesía. Nació en la India. Llevaba una mueca que no le quitamos en tres días.

    ANGELA  —  ¿Lo torturaron?

    LEONARDO  —  No. Le enseñamos los expedientes completos de un siglo entero. Fue peor. Pero los indios lo consideraron como una divinidad.

    (El altavoz enmudece y la luz del altavoz se apaga. Angela levanta el dictáfono, aprieta el botón, sin apartar los ojos de la pared donde está el altavoz, como si todavía pudiera ver a Pedro a través de él.)

    ANGELA  (al dictáfono)  —  Nota. Hoy hemos perdido una regla entera y hemos heredado otra que ni el propio ministro se cree del todo. Primer día.

    (La pantallase prende.)

    (MARTIN se levanta despacio, sin el subidón de antes, y se apoya en el archivador del fondo, brazos cruzados, escuchando de pie — hasta él sabe cuándo hay que bajar el ritmo.)

    LEONARDO  —  Esto también toca cada ciclo. Un resumen. Como si el siglo fuera un paciente y le hiciéramos un chequeo antes de firmar el alta.

    MARTIN — Aquí lo llamamos «expediente cerrado». Abajo lo llaman «funeral». Es la misma reunión. Solo que nosotros no traemos flores.

    MARTIN  —  Motores. Fábricas. Humo por todas partes. Bastante ruido para llamarlo «revolución», pero bueno, ellos sabrán.

    ANGELA  (dejando de mover las piernas por primera vez en toda la mañana)  —  ¿Mundial? ¿Toda a la vez?

    LEONARDO  (eligiendo la palabra con más cuidado del que pone normalmente en cualquier cosa)  —  Toda a la vez. Fue una carnicería. De las de verdad, no de las que se cuentan en los libros para que no den tantas ganas de vomitar.

    ANGELA  —  ¿Y eso es bueno o malo?

    LEONARDO  —  Depende de con qué lo compares.

    (Silencio. Nadie bromea esta vez. Ni siquiera Martin se mueve del archivador.)

    ANGELA  —  Ha bajado.

    MARTIN  —  Ha bajado mucho.

    ANGELA  —  ¿Qué pasa si llega a cero?

    (Silencio.)

    LEONARDO  —  Ya ocurrió una vez. Qué siglo más aburrido fue aquel.

    ANGELA  —  ¿No sería más fácil fabricar personas más parecidas?

    (Silencio.)

    LEONARDO  —  Ya lo intentaron varios gobiernos.

    MARTIN  —  Las estadísticas eran magníficas.

    LEONARDO  —  La humanidad, bastante menos.

    MARTIN  —  Seguimos… De lo que veo, con la Revolución Industrial empezaron también a educar a la población en masa. Escuelas para todo el mundo, o casi, por primera vez en la historia.

    LEONARDO  —  Sonaba precioso. Pero educar en masa, cuando se hace mal, no enseña a la gente a pensar. Enseña a la gente a sentarse en fila, callada, a la misma hora todos los días. Eso no es educar. Es formatear.

    ANGELA  (con una determinación repentina, casi física, levantándose de golpe de la silla plegable, que se tambalea)  —  Pues entonces, cuando empecemos hoy, subimos el cursor de rebeldía. En muchos. Que no les funcione el formateo.

    MARTIN  (con un gesto del dedo y una sonrisa)  —  Ese es el espíritu del primer día.

    LEONARDO  (con algo parecido a una sonrisa)  —  Ya veremos si dura hasta el segundo.

    (ANGELA se queda de pie, ya sin intención de volver a la silla plegable. Se apoya en el borde de la mesa, más cómoda así.)

    MARTIN  —  Ah, este ciclo me lo sé bien. Este ciclo tuvo genios.

    ANGELA  —  ¿Puedo ver alguno? Soy nueva, quiero ver de qué estamos hablando en la práctica.

    LEONARDO  —  Expediente Vincent V.G. Le habíamos puesto sensibilidad sensorial al máximo. Hiperfoco extremo, casi patológico, aplicado al color. Poca tolerancia a la incertidumbre, mucha necesidad de autenticidad.

    MARTIN  (dejando el archivador, empezando a caminar en círculos lentos alrededor de la mesa mientras habla, como necesita hacer siempre que cuenta algo)  —  Se pasó la vida pintando lo que nadie más veía y muriéndose de hambre por ello. Precioso caso.

    ANGELA  —  Suena horrible.

    LEONARDO  —  Suena a la mayoría de nuestros mejores expedientes. Aquí el talento sale barato. El genio, gratis. Solo hay que esperar a que se muera para que suba de precio.

    (MARTIN, sin darse cuenta, roza al pasar el archivador donde Leonardo guarda sus carpetas, descolocando una esquina. LEONARDO, sin cortar la frase ni mirar siquiera, alarga el brazo y la vuelve a poner exactamente donde estaba.)

    (MARTIN se sobresalta a media vuelta, casi tropieza. LEONARDO ni se inmuta.)

    ANGELA  —  ¿Qué ha sido eso?

    MARTIN  —  El buzzer. Suena cuando alguien intenta reciclar un perfil ya usado.

    ANGELA  —  Yo no he tocado nada.

    MARTIN  —  Yo tampoco.

    LEONARDO  (mirando su propia pantalla, sin inmutarse)  —  Ha sonado solo. A veces suena solo cuando alguien piensa demasiado fuerte en repetir la fórmula.

    ANGELA  —  Eso es imposible.

    LEONARDO  —  Llevo doscientos mil años oyendo esa frase.

    MARTIN  (todavía caminando, sin detener el círculo)  —  Siguiente. Expediente Nikola T. Memoria eidética, rituales compulsivos, fobia extrema a la suciedad, comunicación social casi nula, pensamiento sistémico altísimo.

    ANGELA  —  ¿Y qué hizo?

    MARTIN  (mimando dar pan a palomas)  —  Iluminó literalmente el mundo. Ahora mismo sigue vivo. Solo, sin un dólar, dándoles de comer a las palomas en la ventana de un hotel de Nueva York que no puede pagar.

    ANGELA  —  ¿Por qué siempre acaban solos o sin dinero?

    LEONARDO  —  No siempre. A veces acaban solos, sin dinero, y encima vivos el tiempo suficiente para verlo con claridad.

    (Angela lo mira, sin saber si reírse. Decide reírse. Se corta a media risa cuando ve la cara de Leonardo, que no bromeaba del todo. MARTIN, por fin, deja de caminar y se sienta encima de la mesa otra vez, piernas colgando.)

    ANGELA  —  ¿Otra vez? ¿Quién está pensando en reciclar ahora?

    LEONARDO  (sin ninguna expresión, mirando al frente)  —  Ese no. Ese ha sido yo. Por otro motivo.

    ANGELA  —  ¿Qué motivo?

    LEONARDO  —  El buzzer también salta con ciertos ruidos corporales, si son lo bastante discretos. Es un fallo de diseño muy antiguo. Nadie lo ha querido arreglar nunca porque, en el fondo, a todos nos hace gracia.

    MARTIN  (encantado)  —  ¿Te has tirado un pedo?

    LEONARDO  —  Uno muy discreto. El sistema, por lo visto, no distingue entre discreción y reciclaje.

    ANGELA  —  Eso es lo más humano que te he visto hacer en todo el día.

    MARTIN —  El sistema confunde un pedo con un genocidio en potencia. La verdad es que no le falta del todo razón.

    LEONARDO  —  No se lo cuentes a nadie. Llevo doscientos mil años de reputación que proteger.

    MARTIN  —  Expediente Marie C. Muy inteligente. Hiperfoco obsesivo, aislamiento social elegido, ambición pura sin necesidad de aprobación externa.

    LEONARDO  —  Ese expediente lo hice yo.

    ANGELA  —  ¿Y salió bien?

    LEONARDO  —  Salió Nobel. Dos veces.

    MARTIN  —  Y también salió radiación acumulada en sus cuadernos que ni en un siglo nadie podrá tocar sin protección. La ambición no viene con manual de instrucciones.

    (Angela se sienta en el suelo, sin más, con la espalda contra un archivador. Levanta el dictáfono en su lugar.)

    ANGELA  (al dictáfono, en voz baja)  —  Nota. Marie C. hizo dos veces lo imposible. Preguntar si eso cuenta como final feliz o no. Segunda nota: no preguntarlo en voz alta.

    LEONARDO  —  Ahora mismo sigue viva, por cierto. Trabajando. Lo que la matará es su propio trabajo. Todavía no sabe que la está matando.

    ANGELA  (bajando el dictáfono despacio)  —  Eso es peor que si ya hubiera pasado.

    LEONARDO  —  Casi todo es peor antes de que pase. Luego, cuando pasa, ya solo es historia.

    (De pronto, la impresora del rincón hace un ruido — un motor que arranca, un clac seco, como si fuera a despertar de golpe después de tres siglos. LEONARDO se tapa los oídos, puro acto reflejo. ANGELA se sobresalta, se pone de pie de un salto, suelta un grito ahogado contra el dictáfono. Pero MARTIN… Martin se ilumina entero.)

    (Se levanta de un salto, corre hacia la impresora, y se arrodilla frente a ella, como si estuviera viendo un milagro.)

    MARTIN  —  ¡Está viva! ¡La impresora está viva!

    (La impresora, tan rápido como ha empezado, se para. Vuelve al silencio de siempre, la luz roja parpadeando, como si nada. MARTIN, sin ninguna vergüenza, la abraza.)

    MARTIN  (con el mismo tono que alguien que le habla a un animal salvaje)  —  Ya, ya, tranquila. Ya has escupido tu verdad. Vuelve a dormir.

    (LEONARDO, todavía con las manos en los oídos, lo mira con una mezcla de odio y resignación.)

    LEONARDO  —  Martin. Estás abrazando una impresora.

    MARTIN  —  Estoy abrazando la esperanza, Leonardo.

    ANGELA  —  Por un momento he pensado que…

    LEONARDO  (cortando a Angela)  —  Todos lo pensamos. Todos los días. Nunca pasa nada.

    (MARTIN, por fin, suelta la impresora y vuelve a la mesa, como si no acabara de abrazar una máquina de oficina delante de todo el mundo.)

    MARTIN  —  Expediente Ada L. Pensamiento matemático y abstracto muy por encima de la media, imaginación desbordante, una síntesis entre lógica y fantasía que nadie más de su época supo ni nombrar.

    ANGELA  —  ¿Qué hizo?

    MARTIN  —  Escribió el primer programa de la historia. Para una máquina que ni siquiera habían terminado de construir todavía.

    LEONARDO  —  Su madre se pasó la infancia entera de la niña intentando que no saliera como su padre.

    ANGELA  —  ¿Y salió?

    LEONARDO  —  Clavadita. Solo que con números en vez de versos.

    (MARTIN vuelve a sobresaltarse, exactamente igual que la primera vez, como si no aprendiera nunca.)

    MARTIN  —  Ese ha sido yo, otra vez. Tengo debilidad por los perfiles con imaginación desbordante.

    LEONARDO  —  Se nota.

    ANGELA  —  ¿Y a ella le fue bien?

    MARTIN  —  Se pasó media vida enferma y la otra media adelantándose un siglo entero a todo el mundo, sin que nadie se diera cuenta hasta mucho después de que se muriera. Que fue joven, por cierto. Nada que ver con el ordenador, esta vez fue el cuerpo.

    (En la pausa antes del siguiente expediente, LEONARDO abre el cajón, despacio, y saca otra vez la Gioconda de cartón. La mira a solas un momento, como si los otros dos no estuvieran en la sala. Cuando levanta la vista y se encuentra con que Angela lo está mirando, la guarda de golpe, con una cara de no-ha-pasado-nada que no convence a absolutamente nadie.)

    ANGELA  —  ¿…?

    LEONARDO  —  Nada.

    ANGELA  —  No he dicho nada.

    LEONARDO  —  Ya. Por eso lo digo yo primero.

    MARTIN  —  Expediente Emily D. Sensibilidad emocional altísima, necesidad de soledad casi absoluta, capacidad de observación microscópica del mundo desde una sola habitación.

    ANGELA  —  ¿Vivió encerrada?

    MARTIN  —  Prácticamente toda su vida adulta. Y desde ahí escribió mejor que la mayoría de la gente que salió a vivir el mundo entero.

    LEONARDO  —  Ese es el chiste que nunca contamos en voz alta: la mitad de nuestros mejores expedientes odiaban salir de casa.

    (MARTIN se sobresalta una vez más. ANGELA, esta vez, levanta la vista hacia el techo, como esperando que algo vaya a caer de un momento a otro.)

    MARTIN  —  Ese sí he sido yo de nuevo. Iba a proponer repetir la combinación de Emily para otro nacimiento.

    LEONARDO  —  No se puede repetir a Emily.

    MARTIN  —  Ya lo sé, ya lo sé, era solo por ver si funcionaba el sistema.

    LEONARDO  —  Funciona.

    ANGELA  —  Antes del siguiente, contadme uno malo. Uno de verdad malo, de los que salieron mal por diseño, no por mala suerte.

    MARTIN  (pensando, casi de broma, disfrutando ya solo de imaginarlo)  —  A ver… Habilidad: respirar bajo el agua. Peaje: miedo absoluto al agua.

    ANGELA  (sin reírse ya, genuinamente indignada)  —  ¿Cómo se te ocurre siquiera decir eso? Eso no es un chiste, Martin. Eso es una crueldad con forma de combinación.

    MARTIN  (a la defensiva, ya sin ninguna gracia en la voz)  —  Yo solo lo he dicho de broma. No lo he hecho, lo he dicho.

    (Silencio. LEONARDO, sin decir nada, teclea algo en su portátil.)

    LEONARDO  —  Existe.

    ANGELA  —  ¿Qué?

    LEONARDO  —  Lo que ha dicho Martin de broma. Existe. Ciclo mil setecientos y pico. Alguien lo hizo real.

    (LEONARDO se levanta, camina hasta la impresora y le da un golpe seco en el lateral, como si fuera ella la culpable de todo esto. Vuelve a su sitio sin prisa.)

    LEONARDO  —  Vive cerca del mar toda su vida, porque algo tira de él hacia el agua sin que sepa explicar por qué. Y no se mete nunca. Setenta y tantos años evitando lo único que se le da mejor que a nadie en el mundo.

    (ANGELA se queda completamente quieta — la primera vez en toda la mañana que no mueve ni una pierna, ni un dedo, ni nada. MARTIN suelta una risa nerviosa, demasiado corta para ser real.)

    (LEONARDO los mira a los dos, uno después del otro, sin decir nada más.)

    ANGELA  —  ¿Cómo pasa algo así? ¿Cómo se te ocurre poner esas dos cosas juntas?

    LEONARDO  —  Alguien hizo una broma mientras meaba, seguramente. Y alguien más la registró sin comprobar quién la había dicho en broma y quién en serio.

    (ANGELA, todavía removida por lo que acaba de oír, se levanta a estirar las piernas — necesita moverse, necesita hacer algo con el cuerpo — y su mirada se cruza con el archivador del fondo, el de la etiqueta Apocalipsis escrita a mano. Se acerca, casi sin darse cuenta, y pone la mano en el tirador.)

    LEONARDO  (sin levantar la vista, pero con una autoridad que corta el aire)  —  No abras ese cajón.

    ANGELA  —  ¿Por qué?

    LEONARDO  —  Porque no.

    ANGELA  —  Eso no es una razón.

    MARTIN  (interesadísimo de repente, girándose entero hacia ellos)  —  Angela tiene razón.

    LEONARDO  —  Tú cállate.

    ANGELA  —  ¿Qué hay dentro?

    LEONARDO  —  Nada que te interese.

    ANGELA  —  Ahora me interesa.

    (Y entonces, sin previo aviso, sin darle tiempo a nadie a reaccionar, ANGELA tira del cajón — apenas medio centímetro, lo justo para que la madera cruja. Por la rendija se escapa una luz rara, fría, que no se parece a nada de lo que hay en esta oficina.)

    (LEONARDO cruza la oficina de golpe — más rápido de lo que nadie lo ha visto moverse en toda la obra — y empuja el cajón hasta cerrarlo con las dos manos, con una violencia que no encaja con nada de lo que ha hecho hasta ahora. Se queda ahí, de espaldas, respirando fuerte, la mano todavía apretada contra el metal.)

    (Silencio total. Ni Martin ni Angela dicen nada. Es la primera vez en toda la obra que Leonardo pierde la compostura de verdad, y los tres lo saben.)

    LEONARDO  (sin girarse, con la voz todavía temblando un poco, algo que nunca le habían oído)  —  No. Vuelvas. A tocar. Ese cajón.

    ANGELA  (muy pequeña, de verdad asustada)  —  Vale.

    (Silencio. LEONARDO respira, se recompone, se aparta del archivador despacio, como si le costara físicamente soltarlo.)

    ANGELA  —  Algún día lo voy a abrir.

    LEONARDO  —  Algún día, sí. Hoy no.

    (Angela vuelve a su sitio. El archivador se queda donde estaba, cerrado, con su etiqueta escrita a mano, esperando.)

    ANGELA  —  Uno más, por favor, quiero uno con final feliz para variar.

    MARTIN  —  Expediente Ignaz S. Pensamiento lógico y observacional fuera de escala, rigidez absoluta ante la injusticia, incapacidad total para callarse cuando tenía razón, y la tenía casi siempre.

    ANGELA  —  ¿Y ese?

    MARTIN  —  Descubrió que lavarse las manos antes de un parto salvaba vidas. Aplicó la medida en su propio hospital. La mortalidad cayó casi a cero. Con jabón. Nada más que jabón.

    (ANGELA se levanta de un salto, los brazos ya medio alzados en un gesto de victoria que no llega a completar.)

    ANGELA  —  ¡Ahí está! Ese es el final feliz que quería.

    (Silencio. Leonardo no dice nada. Martin tampoco. Angela, todavía de pie, con los brazos ya bajando solos, los mira a ambos, y va entendiendo, sin que nadie tenga que explicárselo del todo, que el final no fue feliz. Se le baja la sonrisa despacio, y se deja caer de nuevo en la silla plegable, como si el propio cuerpo se hubiera quedado sin motivo para seguir de pie.)

    ANGELA  —  No fue feliz, ¿verdad?

    LEONARDO  —  El mundo que salvó no le creyó. Sus propios colegas lo llamaron loco por sugerir que ellos mismos mataban pacientes con las manos sucias. Lo encerraron en un manicomio.

    MARTIN  (sin ninguna gracia esta vez, lo cual es peor que si la tuviera)  —  Murió ahí dentro. De una infección. La misma clase exacta de infección que se había pasado la vida entera intentando que dejara de matar gente.

    ANGELA  —  Eso es… eso no puede ser verdad.

    LEONARDO  —  Todo lo peor que contamos aquí es verdad, Angela. Lo inventado nunca llega a hacer tanto daño.

    (Silencio pesado. Y entonces MARTIN, incapaz de dejarlo ahí, se levanta y rompe la gravedad con algo que no es exactamente un chiste, pero que tampoco es otra cosa.)

    MARTIN  —  Murió de la misma enfermedad que curaba. Eso no es tragedia, Leonardo. Eso es poesía. Poesía con mal olor, pero poesía. Si al menos hubiera sido de sífilis, ya tendría su dedicatoria en algún musical.

    LEONARDO  (mirando a Angela, sin levantar la voz)  —  La diferencia entre un genio y un loco es que al genio lo entierran y al loco lo encierran. A veces hacemos los dos.

    ANGELA  (intentando animar, sin mucho acierto)  —  Bueno… pero al menos ahora todo el mundo se lava las manos, ¿no?

    (LEONARDO y MARTIN se quedan mirándola. En silencio. Un silencio largo, del tipo que no necesita palabras para dejar claro que la broma no ha funcionado.)

    (Silencio más largo todavía. Incluso Martin se queda quieto un segundo, cosa rara en él. Leonardo se frota la sien, como quien busca algo en un cajón que ya no está donde lo dejó.)

    LEONARDO — Salvó más vidas con jabón que la mayoría de los emperadores con ejércitos. Y murió de la misma suciedad que intentaba limpiar. Eso no es tragedia. Es eficiencia. Por cierto. ¿Qué decía la regla cinco?

    (Angela y Martin se miran. Angela, sin poder evitarlo, sonríe — le hace gracia incluso esto.)

    MARTIN  —  Nadie lo sabe, Leonardo. Se cortó con la policía. Tú mismo lo dijiste hace un momento. Con solemnidad. Casi con lágrima.

    LEONARDO  —  ¿Yo dije eso?

    ANGELA  (sonriendo, levantando el dictáfono, encantada)  —  Lo tengo grabado, si quieres lo escuchamos.

    LEONARDO  —  No hace falta. (pausa) Bueno. Si lo dije yo, seguro que sonó bien.

    MARTIN  (con toda la cara, cejas hasta el techo, levantando las manos en el aire y girándose hacia Angela)  —  Doscientos mil años de memoria institucional, señoras y señores.

    LEONARDO  —  La memoria institucional recuerda lo importante. Los detalles se los queda quien tenga sitio.

    MARTIN  (de pie delante de su portátil )  —  Uno inventó el cortaúñas. Otro, el papel higiénico de doble hoja. Otro, una pinza de tender que no se te cae de las manos al tercer intento. Nada que vaya a ningún museo, pero pregúntale a cualquiera si prescindiría de alguno de los tres.

    ANGELA  —  Eso también cuenta, ¿no?

    LEONARDO  —  Cuenta. Solo que casi nunca lo contamos.

    ANGELA  (apartándose de la mesa, incapaz de escuchar esto sin moverse)  —  ¿Noventa y dos?

    MARTIN  —  Es el resultado de los cien expedientes que hemos hecho… nosotros. Noventa y dos han vivido, sufrido un poco, se han enamorado mal un par de veces, y se han muerto sin que nadie fuera de su familia se entere siquiera de que han existido. Y de lo que veo, muchos han muerto jóvenes.

    ANGELA  —  Eso no lo habéis contado en el repaso.

    LEONARDO  —  Porque no hace gracia. Los cinco que hemos repasado hoy son la excepción que se puede contar en una reunión sin que todos salgamos de aquí llorando.

    (Silencio largo. Nadie bromea. Nadie se mueve tampoco — ni siquiera Martin, que se ha quedado apoyado en el archivador, quieto de verdad por una vez.)

    ANGELA  —  Cuarenta y siete murieron en la Guerra Mundial.

    MARTIN  —  Que se sepa. Otros doce los dimos por perdidos en el sistema. Resulta que estaban vivos. Se lo contamos. No nos creyeron. Volvieron a morir, esta vez de decepción.

    LEONARDO  —  Ese es el problema, Angela, si es que hay uno solo. Todos tenían algo. La diferencia no es lo que fabricamos nosotros. La diferencia es lo que hace el mundo con ella después.

    MARTIN  —  Un desastre de logística, si quieres mi opinión. Tanta variedad invertida para que terminen de abono en una trinchera a los veinte años. Es como tirarles solomillo a los cerdos.

    ANGELA  —  Eso es espantoso, dicho así, tan de golpe.

    LEONARDO  (sin levantarse, la voz un poco más dura de lo normal)  —  Nueve de cada diez expedientes son carne de cañón decorativa, Angela. Su función no era destacar. Su función era hacer de fondo, para que los otros cinco no parecieran tan raros. Si todos fueran Nikola, no habría nadie para darle de comer a las palomas.

    (Pausa. Es, quizás, la frase más importante que va a decir en toda la mañana, y la dice sin levantar la voz, como quien no necesita levantarla para que se quede.)

    LEONARDO  —  Nosotros no fabricamos genios. Fabricamos diferencias. Luego la humanidad decide cuáles convierte en problemas o en genios.

    (Nadie dice nada durante un momento. Ni siquiera Martin.)

    LEONARDO  —  Y que conste: en doscientos mil años, nunca hemos perdido un genio. Ni uno. Los que se pierden, se pierden después. Eso ya no es departamento nuestro

    (Leonardo se levanta, estira la espalda, coge su taza para rellenarla, pero recuerda, con un gesto de maldición, que la cafetera sigue rota. Angela sigue con la mirada perdida en la pantalla, procesando lo que acaba de entender sobre cómo funciona realmente este trabajo, todavía de pie junto a la mesa. Martin ya está sentado y tecleando, ansioso por empezar, la tristeza de hace un segundo completamente evaporada, sustituida por pura energía de arranque.)

    MARTIN  —  Bueno. ¿Empezamos a fabricar gente o qué?

    LEONARDO  (volviendo despacio hacia su silla, con la taza vacía todavía en la mano)  —  Antes de encender el cursor, Martín… recuérdame cuántas líneas genéticas torciste la última vez que te emocionaste así. ¿Fue solo la esquizofrenia, o también le colamos el trastorno bipolar por si acaso? Por tu culpa, la humanidad ha inventado la psiquatría.

    MARTIN  (sonriendo, sin ninguna culpa visible, sin dejar de teclear)  —  Fue un paquete. Salía más barato.

    ANGELA  (sentándose por fin, al dictáfono, con la voz temblando un poco)  —  Nota… no he oído esto.

    LEONARDO  (de camino de la cafetera, sin mirar atrás)  —  Recuerda la regla siete, Martin.

    MARTIN  (sonriendo, sin mirar a nadie)  —  La regla siete dice «creo». Un «creo» no es una prohibición, Leonardo. Es una opinión.

    (Leonardo no contesta. Solo sonríe, muy levemente, de espaldas, donde nadie puede verlo.)

    (Silencio.)

    (Martin sonríe. Se sienta. Empieza a teclear.)

    ANGELA  —  ¿Quién será?

    LEONARDO  (todavia con la taza en la mano)  —  Todavía nadie.

    (Pausa.)

    LEONARDO  —  Y cualquiera.

    La luz baja. Fin del primer acto. Aparece de nuevo la música de asensor.

    ACTO II — La fabricación

    Las luces suben, esta vez despacio, no de golpe. La pantalla del fondo está apagada todavía. LEONARDO está solo en escena, sentado en su sitio, con la Gioconda de cartón otra vez entre las manos — el mismo gesto exacto con el que empezaba la mañana, la cabeza ligeramente inclinada, la misma sonrisa tonta, como si en el rato que no hemos visto hubiera vuelto a sacarla del cajón sin que nadie se lo pidiera. La mira en silencio.

    La música baja (Se oyen voces al otro lado de la puerta — Angela y Martin, discutiendo algo sin importancia sobre si el ascensor sube más rápido vacío. Leonardo, sin prisa, sin sobresalto esta vez, guarda la Gioconda en el cajón justo antes de que la puerta se abra.)

    (Entran ANGELA y MARTIN, cada uno con su portátil, en mitad de la conversación — MARTIN caminando de espaldas para gesticular mejor, sin mirar por dónde va, chocando levemente con el marco de la puerta sin que le importe demasiado.)

    MARTIN  —  Sube más rápido vacío. Es física.

    ANGELA  —  Es una sensación. El ascensor pesa lo mismo, vacío o lleno, hasta cierto límite.

    MARTIN  —  Pregúntaselo a Leonardo. Lleva aquí más tiempo que el ascensor.

    LEONARDO  —  El ascensor sube exactamente igual de rápido siempre. Lo que cambia es que cuando vais vacíos, no tenéis con quién discutir esto.

    (Se sientan. La pantalla del fondo se enciende: una lista de rasgos con un cursor junto a cada uno, que se puede mover entre BAJO, MEDIO, ALTO y MUY ALTO. Arriba del todo, un encabezado: EXPEDIENTE 001. No hay números. No hay total que cuadrar.)

    LEONARDO  —  Empezamos por algo sencillo. Angela, el primero es tuyo.

    ANGELA  —  ¿Qué le pongo?

    LEONARDO  —  Lo que tú quieras. Aquí no hay más límite que el que tú decidas poner.

    MARTIN  (añadiendo, con una sonrisa de hielo, sin haberse llegado a sentar del todo, medio apoyado en el respaldo de la silla. se levanta y empieza a caminar en circulo alrededor de las mesas)  —  Bueno, sí hay un límite. No puedes ponerle «feliz» y «rico» al mismo tiempo. Eso está prohibido desde el Edicto de Milán.

    ANGELA  —  ¿En serio?

    LEONARDO  —  No. Pero debería estarlo. El mundo no sabe qué hacer con la gente que lo tiene todo. Se aburren. Y cuando se aburren, se vuelven presidentes y empiezan guerras por deporte entre dos partidos de golf.

    ANGELA  —  Vale, apunto eso. ¿Puedo ponerlo todo en muy alto, entonces?

    MARTIN  (tocando muchos objetos incluyendo unos de Leonardo) —  Puedes. Pero luego alguien tiene que levantarse cada mañana y vivir con eso.

    (Angela mueve el primer cursor. Un clic seco, electrónico.)

    ANGELA  —  Sensibilidad emocional. Muy alta.

    (Otro clic.)

    ANGELA  —  Tolerancia a la frustración. Baja.

    MARTIN  (sin dudarlo un segundo, con la cara ya haciendo el chiste antes que la boca)  —  Buena amiga. Malísima en las despedidas de soltera.

    LEONARDO  (mirando la pantalla)  —  Y pésima para las relaciones de pareja. Va a llorar en todas las cenas de Navidad. Va a llamar a su ex a las tres de la mañana durante veinte años. (pausa) Pero va a escribir poemas preciosos. Así que compensa.

    ANGELA  —  ¿Eso lo sabes solo con esos dos datos?

    LEONARDO  —  Llevamos demasiado tiempo viendo estas combinaciones, Angela. Al final se aprenden los patrones. Como un médico que mira una radiografía y ya sabe lo que va a decir antes de terminar de mirarla.

    ANGELA  —  Vale, uno más. Curiosidad intelectual. Muy alta.

    LEONARDO  —  Va a hacer demasiadas preguntas en las cenas familiares.

    MARTIN  (con una mueca)  —  Y va a descubrir que su tío no es su tío biológico. Eso siempre es divertido. Para nosotros, quiero decir. Para ella, no tanto.

    ANGELA  —  ¿Eso es malo?

    LEONARDO  —  Depende de la familia. Nunca es malo para ella.

    MARTIN  —  Un rasgo más y lo cerramos. Yo propongo humor negro. Alto.

    (Ahora al lado de Angela. Los dos alargan la mano hacia el mismo cursor a la vez. Un forcejeo breve y ridículo por el ratón, ninguno de los dos dispuesto a soltarlo.)

    ANGELA  —  Lo pongo yo, que es mi expediente.

    MARTIN  —  Pero la idea es mía.

    ANGELA  —  Las ideas no mueven cursores, Martin.

    (Al final, ANGELA gana, más por terquedad que por fuerza, y mueve el cursor ella misma.)

    ANGELA  —  ¿Eso también se puede pedir?

    MARTIN  —  Se puede pedir todo. Lo que no se puede es devolverlo.

    LEONARDO  (mirando a Martin con una sonrisa muy leve)  —  El último que pidió eso fue un expediente que acabó siendo cómico de monólogos. Murió de un infarto en pleno escenario. La gente pensó que era parte del número. Aplaudieron. Eso es humor negro, Angela. La vida imitando al chiste.

    ANGELA  —  ¿Ya está? ¿Ya es alguien?

    LEONARDO  —  Ya es alguien. Le falta nacer. Eso ya no es cosa nuestra.

    ANGELA  —  Es raro. Se siente raro haber hecho eso en treinta segundos.

    LEONARDO  —  Espera a que lo hagas en diez.

    (ANGELA, en el rato muerto antes del siguiente expediente, se levanta a estirar las piernas — no sabe estar sentada mucho tiempo seguido — y su mirada cae sobre el cajón de Leonardo. Se acerca, casi sin querer, con la mano ya medio extendida.)

    (LEONARDO, sin que nadie lo vea venir, se pone de pie de prisa y cierra el cajón de golpe, un segundo antes de que ella llegue a tocarlo. La mira, feo, sin decir una palabra.)

    ANGELA  —  Solo quería ver…

    LEONARDO  —  Ya lo sé.

    (Vuelve a sentarse. Angela, algo cortada, hace lo mismo.)

    (El altavoz de pared se enciende, sin pitido previo esta vez — el sonido de alguien que ya está hablando antes de que le den paso.)

    LEONARDO  (sin levantar la vista del panel)  —  Dime, Pedro.

    MARTIN  —  ¿Optimizar el gasto de diversidad?

    ANGELA  —  ¿Eso quiere decir menos diferentes?

    LEONARDO  (muy seco)  —  Ya tenemos un póster, Pedro. Se atascó en la impresora en mil ochocientos cuarenta y uno. Dice: «La oficina crea posibilidades. La humanidad crea las consecuencias.» ¿Quieres que lo imprimamos también con lo de «rentable»?

    (El altavoz enmudece. Leonardo mira al techo un momento, algo en su postura ha cambiado — los hombros un poco más rígidos, la mandíbula un poco más apretada.)

    MARTIN  —  ¿»Rentable»?

    LEONARDO  —  La semana que viene dirán que la empatía es un gasto superfluo. Y la semana siguiente, que la belleza no es necesaria. Y al final solo fabricaremos máquinas que paguen impuestos. (pausa) Eso ya lo intentaron en el siglo dieciséis. Se llamó esclavitud. Pero con otro nombre.

    ANGELA  —  ¿Estás bien?

    LEONARDO  —  Estoy sirviendo café en mi cabeza. Es lo más parecido a estar bien que tengo hoy.

    (Se ponen con el Expediente 002. Martin, sin pedir turno, sin que nadie se lo ceda, se adelanta hacia el panel — algo cambiado en el gesto, más callado de lo normal en él.)

    MARTIN  —  Este lo hago yo solo.

    ANGELA  —  ¿Por qué solo?

    MARTIN  —  Porque sé exactamente lo que quiero. Percepción de la realidad. Muy alterada. Pensamiento asociativo, disparado, saltando de una idea a otra sin que se vea la costura. Aislamiento social, alto.

    ANGELA  —  ¿Eso qué es?

    MARTIN  —  Todavía no tiene nombre bonito. Lo tendrá. Dentro de bastantes años alguien le va a poner una palabra larga y la va a escribir en un libro grueso, como si acabara de descubrir algo.

    (LEONARDO lo mira, algo alerta, sin decir nada todavía.)

    (Pitido de guardado.)

    ANGELA  —  Eso suena espantoso, dicho así, del tirón.

    MARTIN  —  Dicho despacio suena igual de espantoso. Solo que tarda más.

    LEONARDO  —  Martin.

    MARTIN  (sin levantar la vista del panel)  —  Es solo un expediente, Leonardo.

    LEONARDO  —  Nunca es solo un expediente.

    MARTIN  —  Ya lo sé.

    (Silencio. Por primera vez en toda la mañana, Martin no sonríe mientras trabaja. Termina el expediente en silencio, sin comentarios, sin chistes, y solo cuando el pitido de guardado suena, algo en sus hombros se afloja, como quien suelta un peso que llevaba cargando desde mucho antes de entrar esta mañana por esa puerta.)

    ANGELA  —  ¿Estás bien tú ahora?

    MARTIN  (recuperando la sonrisa de golpe, demasiado deprisa para ser del todo cierta)  —  Yo siempre estoy bien. Venga. ¿Quién sigue?

    (El ritmo se acelera de nuevo — varios expedientes seguidos, casi en montaje, cada uno resuelto en un puñado de frases.)

    ANGELA  —  Vale, ahora quiero probar yo sola. Quiero hacer a alguien muy inteligente. Muy creativo. Con mucha empatía.

    MARTIN  (se levanta y camina en circulos)  —  Oh, oh, oh.

    ANGELA  —  ¿Qué? ¿Qué pasa?

    MARTIN  —  Nada. Es que ese combo no sale gratis. Nunca.

    ANGELA  —  ¿Por qué no?

    MARTIN  —  Porque la historia tiene un patrón muy aburrido para esa combinación exacta. Muy inteligente, muy creativo, mucha empatía… normalmente toca también ser judío… Y feo.

    ANGELA  —  ¿Eso es obligatorio?

    MARTIN  (se acerca de Angela por detrás y mira por encima de su hombro)  —  Obligatorio no. Pero si no se lo pones tú aquí, se lo pone la vida por su cuenta más adelante, y normalmente de una manera bastante peor. Ser judío le dará una tradición de pensamiento crítico y una persecución sistemática de propina. Ser feo le garantizará que nadie le regale nada por su cara. Así tendrá que esforzarse el doble. Y cuando triunfe, la gente dirá «mira, a pesar de todo». Es el mejor combustible para el genio, Angela: la injusticia bien administrada.

    LEONARDO  (sin levantar la vista)  —  Martin está exagerando. Pero no mucho.

    (Angela lo piensa un momento. Al final, hace clic en las casillas que corresponden.)

    ANGELA  —  Judío. Feo. Ya está.

    MARTIN  (con una sonrisa horrible)  —  Madre sobreprotectora… padre ausente… ya casi tenemos el Nobel.

    LEONARDO  —  No le pongas eso. Eso ya es trampa. El genio debe ganárselo, no venir de serie.

    MARTIN  —  Ponle además un profesor de matemáticas que le diga que no va a llegar a nada. Nos ahorramos treinta años de dudar de sí mismo.

     

    ANGELA  —  Es un poco triste que funcione así.

    LEONARDO  —  Es más triste todavía que funcione siempre así.

    (Nuevo expediente. MARTIN se frota las manos y se sienta en la mesa al lado de Angela.)

    ANGELA  —  Otro. Quiero que este tenga un talento enorme para el ritmo, una alegría que no se apague con nada, y una capacidad de aguante ante la adversidad que ya quisiéramos todos los que estamos en esta sala.

    MARTIN  (sin pensarlo ni medio segundo)  —  Entonces será negro y descendiente de esclavos maltratados… Y nacerá en Cuba.

    ANGELA  —  ¿Cómo que «entonces»? Yo no he dicho nada de eso.

    MARTIN  —  No hace falta que lo digas tú. Lo dice el patrón. Ritmo, alegría, aguante ante todo: la estadística lleva siglos empujando esa combinación exacta hacia el mismo sitio del mapa. Es como si el universo tuviera un departamento de estereotipos. (pausa) Y lo tiene. Somos nosotros.

    LEONARDO  (mirando a Martin con una mezcla de cansancio y complicidad)  —  No es un estereotipo, Martin. Es una condena. El mundo necesita que alguien baile mientras arde, y siempre elige al mismo tipo de persona para hacerlo.

    ANGELA  (moviendo los cursores, incómoda)  —  Hecho.

    MARTIN  (más bajo)  —  Va a ser el alma de todas las fiestas. Y va a morir joven, de algo que podía haberse evitado. Pero mientras tanto, va a hacer reír a todo el mundo. Eso, en nuestro balance, es un éxito.

    LEONARDO  (asintiendo muy lentamente)  —  Eso, en nuestro balance, es un éxito.

    (Pausa. Angela no sabe si reír o llorar. Decide no hacer ninguna de las dos cosas.)

    (Nuevo expediente. MARTIN se sienta y empieza a teclear antes de que nadie le pregunte nada.)

    MARTIN  (a crear el expediente, sin levantar la vista)  —  Vamos a darle depresión existencial… y un perfil en Tinder. Que sufra, pero que ligue.

    ANGELA  —  Eso es lo más honesto que le vamos a dar a nadie hoy.

    MARTIN  —  Equilibrio, Angela. Aquí lo llamamos equilibrio.

    LEONARDO — Así es como empezó la humanidad: sufriendo y ligando. Y así sigue.

    (Y entonces Angela y Martin empiezan a usar el ratón rápido.)

    LEONARDO  —  ¡QUIETOS LOS DOS!

    (Silencio total. MARTIN se queda literalmente congelado en una postura absurda. ANGELA tiene el pulgar apretado contra el botón del dictáfono, sin soltarlo.)

    (Pausa larga.)

    (Pausa.)

    MARTIN  (sin moverse todavía del todo)  —  Yo pondría una queja.

    (Vuelven, poco a poco, a sus posturas normales, como quien sale despacio de una foto congelada.)

    MARTIN  (de repente, sin que nadie se lo pida, con los ojos brillándole de una manera que ya no es del todo simpática)  —  Oye. ¿Y si al siguiente lo hacemos mujer? Y que nazca en Afganistán.

    ANGELA  —  ¿Por qué?

    MARTIN  —  Por nada. Por ver qué pasa. Por curiosidad.

    LEONARDO  (se levanta, cruza hasta detrás de Martin y le da un golpe seco en la cabeza con la mano abierta — no un manotazo de broma, uno de verdad, muy serio, cortando en seco)  —  Aquí no se hacen expedientes «por ver qué pasa», Martin.

    MARTIN  —  ¿Por qué no? Si lo interesante de este trabajo es precisamente eso: nunca sabemos qué va a pasar.

    LEONARDO  —  Hay una diferencia entre no saber y no importarte lo que pase.

    (Silencio. Martin se encoge de hombros, con una sonrisa que no dice si no ha entendido la diferencia o si la ha entendido perfectamente y le da exactamente igual. Ninguna de las dos opciones tranquiliza demasiado.)

    (Un momento después, cuando nadie lo está mirando del todo, MARTIN mueve un cursor sin que se lo hayan pedido — rápido, casi furtivo.)

    MARTIN  —  Memoria perfecta. Al máximo. E incapacidad total para olvidar los traumas. También al máximo.

    ANGELA  —  Eso no lo hemos hablado.

    MARTIN  —  No hacía falta hablarlo. Ya está.

    ANGELA  —  Bórralo.

    MARTIN  —  No.

    (LEONARDO se levanta de golpe, cruza hasta el panel, entra en un modo que no le habíamos visto todavía — movimientos rápidos, secos, de urgencia real.)

    LEONARDO  —  Eso no se guarda. Eso no se guarda bajo ningún concepto, Martin. Alguien que no puede olvidar nada va a revivir cada cosa mala que le pase, para siempre, con la misma intensidad que el primer día. Eso no es un don. Eso es una condena sin fecha de caducidad.

    MARTIN  —  Por eso mismo quiero probarlo.

    ANGELA  —  ¡Martin!

    (MARTIN, más rápido que los dos, aprieta el botón de validar antes de que Leonardo llegue a alcanzar el ratón.)

    (Silencio. LEONARDO se queda con la mano a medio camino, demasiado tarde. Martin sonríe, sin ninguna vergüenza.)

    MARTIN  —  Ya está. Ahora ya no se puede deshacer. Tú mismo lo dices siempre.

    LEONARDO  (muy quieto, con una calma que da más miedo que el grito)  —  Sí. Eso digo siempre.

    ANGELA  —  ¿Qué va a pasar con él?

    LEONARDO  —  Que se va a acordar de todo. Absolutamente todo. Y va a tener que vivir setenta u ochenta años cargando con ello, sin que nada se le borre nunca, ni un poco, ni con el tiempo, que es lo único que de verdad cura algo.

    (Nadie dice nada más. Vuelven al trabajo, aunque el aire de la sala ha cambiado otra vez, y esta vez Leonardo no se olvida de mirar a Martin cada dos por tres, cosa que antes no hacía.)

    ANGELA  (incómoda, cambiando de tema deprisa)  —  Bueno. Ahora me toca. Quiero hacer a alguien tierno. Vegetariano. Que no beba una sola gota de alcohol en toda su vida. Con muchísima sensibilidad artística — de esas personas que se emocionan de verdad delante de un cuadro, hasta las lágrimas.

    MARTIN  —  Qué bonito. Nada que objetar, por primera vez en toda la mañana.

    (Se levanta, incapaz de quedarse quieto, y empieza a caminar alrededor de la mesa, tocando todo lo que encuentra a su paso — un archivador, la impresora, la taza de Leonardo, que desplaza sin darse cuenta unos centímetros de su sitio. ANGELA, curiosa, se levanta también y lo sigue de cerca, pegada casi a su espalda, dictáfono en alto, la cara a pocos centímetros de la nuca de Martin, grabándolo como si fuera un documental de animales, doblando el cuerpo en ángulos raros cada vez que él gira para no perderlo de plano.)

    ANGELA  (al dictáfono, siguiéndole el paso, casi pegada a él)  —  Nota. Martin está caminando en círculos otra vez. Grabando para la posteridad. Primer plano de la nuca.

    MARTIN  —  Aunque, ya que estamos… ¿y si además le ponemos un bigote pequeño?

    ANGELA  —  ¿Un bigote?

    MARTIN  (sin dejar de caminar, sin dejar de tocar cosas)  —  Así parecería gracioso, además de tierno. Un tipo con bigotito y sensibilidad artística. Imagínatelo, fascinará con su arte y será la alma de la fiesta.

    ANGELA  Fin de la música de Benny Hill Theme que no ha pillado el chiste, tomándoselo completamente en serio, dejando de seguirlo para volver corriendo al portátil)  —  Vale. Bigote pequeño, entonces.

    (Lo añade. LEONARDO, sin cortar la conversación ni un segundo, estira el brazo y devuelve la taza a su sitio exacto — un centimetro a la derecha de donde Martin la ha dejado — con una precisión que no encaja con la velocidad a la que habla, casi mecánica.)

    LEONARDO  (mirando a Angela, no a Martin, con una desaprobación que Martin, ya entretenido con la impresora, ni siquiera registra)  —  ¿Dónde lo haces nacer?

    ANGELA  —  Austria. Quiero que nazca en Austria. Ahí hay muchísimo arte, museos, música, de todo. Va a poder desarrollar esa sensibilidad desde pequeño, rodeado de belleza.

    (MARTIN vuelve a rozar la taza al pasar por detrás, sin darse cuenta. LEONARDO, sin perder el hilo de nada, la corrige otra vez.)

    Los tres reaccionan cada uno a su manera: LEONARDO se tapa los oídos al instante, antes incluso de girarse a mirar, como quien ya conoce ese ruido de memoria y no le tiene ningún cariño; MARTIN, todo lo contrario, se acerca fascinado, como si la impresora fuera a hacer un truco de magia; ANGELA suelta un grito ahogado, breve, directamente contra el dictáfono, puro reflejo.)

    MARTIN  —  ¿Qué…?

    (La impresora escupe una sola hoja que Martin recoge. LEONARDO se acerca despacio y la coge. En ella, en letras grandes: LA OFICINA CREA POSIBILIDADES. LA HUMANIDAD CREA LAS CONSECUENCIAS Y EL IGV. El póster que llevaba atascado desde mil ochocientos cuarenta y uno. La impresora, ya satisfecha, vuelve a apagarse tan de repente como se encendió.)

    ANGELA  —  ¿Eso ha sido…?

    LEONARDO  (mirando el papel un segundo de más, sin poder explicarlo y sin querer intentarlo tampoco)  —  El póster. El que se atascó hace… da igual cuánto.

    MARTIN  —  ¿Por qué justo ahora?

    LEONARDO  (dejando la hoja sobre la mesa, despacio, como quien no quiere que se note que le ha afectado)  —  No lo sé, Martin. Esta oficina tiene su manera de decir las cosas. Casi nunca elige el momento por casualidad.

    (Nadie añade nada más. Vuelven al trabajo, aunque algo en el aire ha cambiado, aunque ninguno de los tres sabría explicar exactamente qué.)

    LEONARDO  —  Reloj.

    ANGELA  —  ¿Sesenta y tres?

    MARTIN  —  Debemos apurarnos para terminar antes del almuerzo.

    ANGELA  —  ¿Cuándo se acaban?

    LEONARDO  —  Nunca del todo. Se acaba la mañana.

    (Los actores miman trabajar muy rápido.)

    MARTIN  —  Pensamiento lateral. Muy alto.

    MARTIN  —  Necesidad de movimiento físico constante. Media.

    MARTIN  —  Capacidad de concentración sostenida. Baja, para compensar el…

    (Se interrumpe. En la pantalla, sin que nadie lo toque, el cursor de esa última columna se dispara solo — de golpe, sin transición, hasta el tope de MUY ALTO. Un chirrido breve, distinto a los clics normales.)

    MARTIN  —  Otra vez no.

    ANGELA  —  ¿Otra vez qué? ¿Qué ha pasado?

    LEONARDO  (sin sorprenderse lo más mínimo, ya girado hacia la pantalla, con el tono de quien lleva riñendo a la misma máquina desde hace demasiado tiempo)  —  El bug de la columna siete. Lleva haciendo esto desde que instalaron el sistema.

    MARTIN  —  Yo lo vi por primera vez hace unos cuarenta ciclos. Y seguro que ya llevaba tiempo antes de eso.

    LEONARDO  —  La última vez que saltó así, sin que nadie lo tocara, salió Vlad Tercero. El Empalador.

    ANGELA  —  ¿El de las estacas? ¿Ese Vlad?

    LEONARDO  —  Ese mismo. Nadie supo compensarlo bien a tiempo.

    (Silencio breve. MARTIN, que hasta ahora bromeaba, se pone serio de golpe, mirando el panel con mucha más atención de la que le prestaba hace un segundo.)

    LEONARDO  (hacia la pantalla, como quien regaña a un empleado que ya no escucha)  —  Se abrió un expediente para arreglarte. Está en trámite.

    ANGELA  —  ¿En el mismo trámite que la impresora?

    LEONARDO  —  En el mismo trámite que la impresora.

    ANGELA  —  ¿Y no hay manera de predecir cuándo va a saltar?

    LEONARDO  —  Si supiéramos predecirlo, Angela, no sería un bug. Sería una regla más. Y ya tenemos bastantes.

    MARTIN  (mirando la pantalla con algo parecido al respeto)  —  El bug tiene su propio criterio, eso sí. Nunca elige a nadie para algo malo. Solo para algo inesperado. Es como si la máquina quisiera decirnos: «No todo lo controláis vosotros.»

    LEONARDO  (con una sonrisa seca)  —  O como si la máquina fuera más lista que nosotros y nos estuviera corrigiendo. Y no le faltara razón.

    MARTIN  —  Lo de siempre. Compensamos.

    (Baja los otros dos cursores sin dramatismo, gesto ya mecánico. Pero esta vez, antes de terminar, añade algo más.)

    MARTIN  —  Y esta vez elijo yo el país. Camboya.

    ANGELA  —  ¿Por qué Camboya?

    MARTIN  —  Porque ahí no pasa nunca nada. Es un país pequeño, en Asia, de la nada. Si esto vuelve a salir torcido, nadie se va a enterar demasiado.

    LEONARDO  (sin levantar la vista, con un tono que no se sabe si es advertencia o resignación)  —  Eso mismo dijiste la última vez, de un país pequeño en Europa del Este.

    MARTIN  —  Esta vez es distinto.

    LEONARDO  —  Eso también lo dijiste.

    (Silencio. Nadie insiste más.)

    ANGELA  —  ¿Qué le has puesto?

    MARTIN  —  Concentración sostenida. Muy alta. Ahora va a ser un obseso. Pero de los buenos. O de los malos. Eso ya no lo decide el bug.

    LEONARDO  —  Siempre compensa. De una manera o de otra, siempre compensa. Ese es el chiste que tiene ese bug: nunca deja a nadie completamente roto. Solo distinto de lo que habíamos pedido.

    (Pitido de guardado.)

    LEONARDO  —  ¿Ya está?

    MARTIN  —  Ya está.

    LEONARDO  —  Bien.

    (Se levanta, llevándose una mano a la zona baja de la espalda, con una mueca sincera de dolor administrativo.)

    LEONARDO  —  Voy a tener que ir al baño.

    ANGELA  —  ¿Otra vez?

    LEONARDO  —  La próstata, Angela. Y el café. Sobre todo el café. Trescientos años bebiendo lo que sea que suelta esas máquinas cuando le da la gana, algo tenía que pasar ahí abajo tarde o temprano.

    MARTIN  —  Podríamos arreglar la máquina.

    (Antes de que Leonardo pueda contestar, MARTIN ya se ha levantado y le ha dado un golpe mucho más fuerte que el habitual, con toda la mano abierta. La máquina hace un pitido electrónico, agudo, ofendido, y una luz roja que no estaba antes se enciende en el panel.)

    LEONARDO  —  Eso no la ha arreglado, Martin. Eso la ha empeorado.

    MARTIN  —  Tenía que intentarlo con más fuerza.

    ANGELA  (acercándose a la máquina, con una ternura completamente sincera, como quien le habla a un animal asustado)  —  Ya, ya, tranquila. Nadie te va a pegar más. Ya está.

    LEONARDO  —  Podríamos arreglar muchas cosas, Martin. (ya de camino a la puerta) No tardo. Seguid con lo vuestro.

    (Sale. La puerta se cierra detrás de él. Silencio. Martin y Angela se quedan mirando la puerta un segundo de más.)

    ANGELA  —  ¿Cuánto tarda normalmente?

    MARTIN  —  A su edad, con esa próstata, y con la cola que debe de haber en ese baño… tenemos tiempo.

    ANGELA  —  ¿Tiempo para qué?

    (Martin no contesta enseguida. Mira la pantalla. Mira la puerta. Mira a Angela. Sonríe, despacio, con esa misma luz en los ojos de hace un rato, la de Afganistán, la que no tranquiliza a nadie.)

    MARTIN  —  Para hacer uno bueno. El de verdad.

    ANGELA  —  ¿Sin ningún «entonces»?

    MARTIN  —  Sin ningún «entonces». Inteligencia, muy alta. Creatividad, muy alta. Empatía, muy alta. Salud, muy alta. Carisma, muy alto.

    ANGELA  —  ¿Y no le toca nada a cambio? ¿Ni judío, ni feo, ni Perú, ni nada?

    MARTIN  —  Nada. Por primera vez en la historia de esta oficina, nada. Ateo nacido en Nueva York.

    ANGELA  —  ¿Y lo de la Regla Siete?

    MARTIN  —  La Regla Siete dice «creo». Ya lo hablamos. Un «creo» no es una prohibición.

    ANGELA  —  Es casi una prohibición.

    MARTIN  —  «Casi» tampoco es una prohibición.

    (Silencio. Angela mira la puerta. Mira el panel. El dictáfono, colgado de su cuello, sigue con su lucecita roja encendida — lleva encendida desde antes, sin que nadie lo mencione, grabándolo todo. Los dos se sienten rápido en su sitio.)

    ANGELA  —  Si lo hacemos y sale mal, es nuestro.

    MARTIN  —  Si lo hacemos y sale bien, también.

    ANGELA  (después de un segundo entero, que en escena debe sentirse largo)  —  Vale.

    (Se acercan al panel juntos.)

    MARTIN  —  Sube el primer cursor.

    (ANGELA, en lugar de mirar la pantalla, mira la puerta.)

    MARTIN  —  No va a volver.

    ANGELA  —  ¿Y si vuelve?

    MARTIN  —  Sube el cursor más rápido y no lo pienses.

    (Angela mira la puerta, luego la pantalla, luego la puerta otra vez. Sube el cursor. Vuelve a mirar la puerta. El pie no le para de moverse.)

    MARTIN  —  Angela.

    ANGELA  —  ¿Qué?

    MARTIN  —  Si no paras de mirar la puerta, no vas a poder concentrarte. Y esto necesita concentración.

    (ANGELA, por primera vez, no mira la puerta. Mira la pantalla. Pero la mano le tiembla sobre el cursor.)

    (MARTIN pone su mano sobre la de ella.)

    MARTIN  —  Juntos.

    (Suben el último cursor a la vez. La pantalla cambia: EXPEDIENTE, sin bug, sin peaje, todos los cursores ya arriba del todo, en silencio, sin que nadie diga ya los nombres en voz alta.)

    (ANGELA, sin separar la mano de la de Martin, mira la puerta otra vez.)

    ANGELA  (en un susurro)  —  Creo que ha vuelto.

    (MARTIN se gira de golpe. La puerta sigue cerrada. No hay nadie. Vuelve a mirar a Angela, y aunque no dice nada, el miedo ya se le ha instalado a él también — se le nota en cómo, a partir de ahora, no vuelve a soltarle la mano del todo.)

    ANGELA  (mirando la pantalla, con una voz que ya no sonríe)  —  No le hemos puesto nada abajo. Nada. En ningún sitio.

    MARTIN  —  Ese es el punto.

    ANGELA  —  Esto no es una persona. Es la ausencia de todo lo que duele.

    MARTIN  (sin la sonrisa de antes, mirando fijamente la pantalla)  —  Puede. O es la primera persona a la que no le va a doler nada. Nunca lo hemos visto. No sabemos cuál de las dos cosas es.

    Buzzer, impresora y máquina de café

    by Todos juntos y muy fuerte

    ANGELA  —  ¡¿Qué es esto?!

    (Y en ese instante exacto, LEONARDO entra por la puerta, de vuelta del baño, un poco antes de lo previsto. El ruido lo golpea entero, de todas partes a la vez. Se lleva las manos a los oídos, se dobla, y se deja caer al suelo, sentado entre los papeles, con una mueca que no es dolor exactamente, sino algo más parecido a un cortocircuito.)

    LEONARDO  (desde el suelo, con la voz más pequeña que se le ha oído en toda la obra)  —  Parad. Parad todo.

    (ANGELA, por puro instinto, se lanza sobre la pantalla con el cuerpo entero, como quien protege una vela del viento, sin saber muy bien de quién la está protegiendo — si de Leonardo, o de sí misma.)

    MARTIN  (con las manos temblando, encontrando el botón de guardar entre todo el caos)  —  Ya está. Ya está, ya está, clic, ya—

    (Aprieta. Y justo cuando el sistema procesa el guardado, intenta con desesperación tapar el buzzer con la mano entera, como si pudiera evitar que vuelva a sonar después de validar. Y después de un segundo, todos los ruidos se paran.)

    LEONARDO  (sin moverse del suelo)  —  Nadie se mueve.

    MARTIN  —  No puedo.

    LEONARDO  —  Es una orden.

    MARTIN  —  Mi cerebro no reconoce tu autoridad.

    (ANGELA levanta el dictáfono con la mano libre)

    LEONARDO  —  Y tú apaga tu dictáfono.

    ANGELA  —  No puedo.

    LEONARDO  —  ¿Por qué?

    ANGELA  —  Porque quiero saber qué pasa después.

    (Silencio. LEONARDO se queda un momento más en el suelo, respirando, antes de incorporarse despacio, sin ayuda de nadie, recomponiéndose con un gesto seco de la ropa que no necesitaba ningún arreglo.)

    (Silencio total. ANGELA sigue frente a la pantalla. MARTIN se queda con la mano todavía sobre el buzzer mudo, como si pudiera deshacer algo que ya está hecho.)

    LEONARDO  —  ¿Cómo va?

    MARTIN  (se levanta y empieza a caminar con una tranquilidad que le cuesta visiblemente sostener)  —  Bien. Normal. Nada especial.

    (Leonardo se levanta y los mira. Los mira un segundo de más. No dice nada — pero se sienta despacio, y en vez de mirar la pantalla, los mira a ellos.)

    LEONARDO  —  Nada especial.

    ANGELA  —  Nada especial.

    LEONARDO  —  Qué raro. Normalmente cuando algo no es especial, no hace falta decirlo dos veces.

    (Silencio incómodo. Leonardo, finalmente, mira la pantalla — que ya ha vuelto a mostrar la lista vacía del expediente siguiente, sin rastro visible de lo que acaba de pasar.)

    (ANGELA, sin decir una palabra, camina hasta la silla de Martin — la de siempre, la que él defendió al inicio — y se sienta en ella, del derecho, como si llevara sentándose ahí toda la vida mirando a Martin con desafío.

    Música tipo Man with harmonica

    by De Ennio Morricone

    MARTIN la mira, feo. ANGELA le sostiene la mirada, sin pestañear, sin moverse ni un centímetro. Martin, al final, es el primero en apartar la vista. No dice nada. La deja ahí.)

    LEONARDO  (despacio, sin acusar todavía, solo dejando la puerta abierta)  —  Bueno. Lo que sea que ha pasado aquí mientras no estaba, ya está guardado. Y lo guardado, en esta oficina, no se puede deshacer.

    MARTIN  —  Ya lo sabemos.

    LEONARDO  —  Entonces ya sabéis también lo otro.

    ANGELA  —  ¿Qué otro?

    LEONARDO  —  Que dentro de cien años, alguien se va a sentar aquí a leer qué fue de él. Y ese alguien vamos a ser nosotros después del almuerzo.

    (No añade nada más. Coge su taza, se levanta otra vez hacia la cafetera — por pura costumbre, aunque sabe perfectamente que sigue rota — y la aprieta, sin esperanza, solo por hacer algo con las manos.)

    (MARTIN, sin su silla, mira alrededor y decide probar la de playa, todavía abierta junto a la mesa. Se sienta. Se hunde de golpe, mucho más de lo que esperaba, exactamente como le pasó a Angela al inicio.)

    MARTIN  —  ¿Cómo aguantas esto?

    (Se levanta de un salto, apenas cinco segundos después de haberse sentado, sacudiéndose como si la silla lo hubiera mordido. ANGELA, todavía en la silla de Martin, no dice nada, pero sonríe, muy levemente, sin dejar de mirar la pantalla.)

    MARTIN  (con una alegría forzada, todavía de pie desde el numerito de la silla)  —  ¡Por fin! Tengo hambre. ¿Qué hay en el menú de hoy? ¿Tocino celestial? ¿Pan de ángel?

    LEONARDO  (sin moverse)  —  Hoy hay sopa de letras. Pero las letras forman palabras como «fracaso» y «arrepentimiento». Es la especialidad de la casa.

    ANGELA  (recogiendo el dictáfono, que sigue grabando, que no ha dejado de grabar en ningún momento)  —  ¿Vamos?

    LEONARDO  —  Vosotros id. Yo me quedo un momento.

    (MARTIN y ANGELA salen, no sin cierta prisa. Se queda a solas en la penumbra. LEONARDO se levanta, se acerca a la impresora, y coge el póster que escupió antes — el mismo, todavía sobre la mesa donde lo dejó. Lo lee en voz baja, para sí mismo, como quien reza algo que ya no cree del todo.)

    LEONARDO  —  «La oficina crea posibilidades. La humanidad crea las consecuencias.» (pausa) Siempre pensé que esa frase era una advertencia. Ahora creo que es una disculpa.

    (Apaga la luz con un gesto. La pantalla sigue encendida, mostrando el expediente guardado, sin nombre, sin número, solo una línea en blanco.)

    MARTIN  (con una alegría forzada, todavía de pie desde el numerito de la silla)  —  ¡Por fin! Tengo hambre. ¿Qué hay en el menú de hoy? ¿Tocino celestial? ¿Pan de ángel?

    LEONARDO  (sin moverse)  —  Hoy hay sopa de letras. Pero las letras forman palabras como «fracaso» y «arrepentimiento». Es la especialidad de la casa.

    ANGELA  (recogiendo el dictáfono, que sigue grabando, que no ha dejado de grabar en ningún momento)  —  ¿Vamos?

    LEONARDO  —  Vosotros id. Yo me quedo un momento.

    (MARTIN y ANGELA salen, no sin cierta prisa. Se queda a solas en la penumbra. LEONARDO se levanta, se acerca a la impresora, y coge el póster que escupió antes — el mismo, todavía sobre la mesa donde lo dejó. Lo lee en voz baja, para sí mismo, como quien reza algo que ya no cree del todo.)

    LEONARDO  —  «La oficina crea posibilidades. La humanidad crea las consecuencias.» (pausa) Siempre pensé que esa frase era una advertencia. Ahora creo que es una disculpa.

    (Apaga la luz con un gesto. La pantalla sigue encendida, mostrando el expediente guardado, sin nombre, sin número, solo una línea en blanco.)

    La luz baja. Fin del segundo acto. Aparece de nuevo la música de asensor.

    ACTO III — La auditoría

    Las luces suben sobre una oficina vacía. Ni rastro de nadie. Las tazas iguales, la impresora parpadeando igual que siempre. Se oyen voces al otro lado de la puerta — LEONARDO, MARTIN y ANGELA, apagadas, mezcladas, el tono de quien todavía está terminando una conversación de sobremesa antes de volver a ponerse serio.

    La música baja La puerta se abre. Entran los tres juntos, y en el mismo instante en que cruzan el umbral, algo en sus posturas cambia — la charla se corta, la espalda se endereza, cada uno va a su sitio como quien vuelve a ponerse un uniforme. Angela regresa a la silla de playa.

    ANGELA  —  Qué rápido.

    LEONARDO  —  Cien años es una sobremesa larga, para nosotros.

    (MARTIN, ya sentado, empieza a mover la pierna por pura costumbre — y se para él solo, a media sacudida, sin que nadie se lo pida esta vez. El día ha cambiado de peso, y hasta su cuerpo parece notarlo.)

    ANGELA  —  ¿Cómo que «clasificar»?

    MARTIN  —  Le han puesto nombre a lo que hacemos aquí cada mañana.

    LEONARDO  —  No es lo mismo ponerle nombre que entenderlo.

    ANGELA  —  ¿Y lo consideran qué? ¿Un don? ¿Una suerte? ¿Un superpoder?

    (Silencio. LEONARDO alinea el borde de su portátil con el de la mesa, un gesto mínimo, casi invisible. MARTIN se muerde una uña. ANGELA se agarra el dictáfono con las dos manos.)

    ANGELA  —  Pero si son… naturales. Nosotros los ponemos ahí a propósito, con nuestras propias manos.

    LEONARDO  —  Natural y normal no es lo mismo, Angela. Nunca lo ha sido. Normal es solo una media: lo que hace la mayoría. Natural es lo que corresponde a la arquitectura real de cada uno, sea mayoría o no. Y la medicina, casi siempre, trabaja para la media, y considera un problema todo lo que queda fuera de ella. No para la arquitectura.

    ANGELA  —  Ah… Como los zurdos. Entiendo. Es natural ser zurdo, pero no es normal, porque el noventa por ciento de las personas no lo son. Por eso los castigaron durante siglos, hasta que por fin entendieron que era natural y no había que corregirlo ni forzarlo.

    MARTIN  —  Lo que para nosotros era una herramienta, para ellos es un diagnóstico y un trastorno.

    LEONARDO  —  Lo que para nosotros era un regalo, para ellos es una factura médica.

    (Silencio. MARTIN mira la pantalla fijamente, con una calma que no es calma.)

    MARTIN  —  En el ciclo mil novecientos cincuenta y pico, uno de los nuestros fue a un colegio. Le dijeron que se estuviera quieto. Le dieron una pastilla. Se quedó quieto. Y no volvió a inventar nada. Nunca. (pausa) Y la pastilla sigue en su expediente médico. Como un logro. «Paciente cooperativo.»

    (Silencio incómodo. ANGELA se levanta despacio, sin ningún propósito claro, solo porque necesita que su cuerpo haga algo distinto de estar sentado oyendo eso. Mira su propio dictáfono, como si lo viera por primera vez con otros ojos.)

    ANGELA  —  ¿Podemos ver primero el mío? El tierno de Austria. Llevo… bueno, un rato, preguntándomelo.

    LEONARDO  —  Es tuyo. Pídelo tú.

    ANGELA  (de pie y visiblemente excitada)  —  Expediente. Austria. El de la sensibilidad artística.

    (Camina hacia la impresora, sin ningún motivo concreto, solo por tener algo que hacer con las piernas mientras escucha.)

    ANGELA  (sonriendo, aliviada, todavía junto a la impresora una mano sobre ella con una sonrisa de quién tiene la razón)  —  ¿Veis? Un artista. Un buen artista sensible que…

    ANGELA  —  Ah.

    (Se aparta de la impresora, camina despacio hacia la pared del fondo, cada vez con menos prisa, como si una parte de ella ya supiera lo que viene y quisiera retrasarlo.)

    ANGELA  (de espaldas ya, mirando la pared)  —  Eso no suena tan mal. Canciller es…

    (ANGELA no se gira. Se queda de espaldas, contra la pared, y se agarra el dictáfono con las dos manos, apretándolo contra el pecho como quien busca algo sólido a lo que sujetarse.)

    (MARTIN hace ademán de acercarse a ella. ANGELA, sin girarse siquiera, levanta una mano en su dirección — un gesto seco, claro, que lo detiene en seco. Martin se queda donde está.)

    (LEONARDO no se mueve de su silla. Solo endereza su taza el mismo centímetro de siempre — el único gesto que se permite mientras la ve derrumbarse.)

    ANGELA  (todavía de espaldas, la voz ya rota)  —  No. No, no, no. Yo lo hice tierno. Lo hice vegetariano. Lo hice sensible al arte y a los animales. Eso tenía que salir bien.

    MARTIN  (sin moverse del sitio donde lo ha dejado el gesto de Angela)  —  Bueno, al menos no le pusimos «buen sentido del humor». Eso ya habría sido demasiado.

    (Pequeña pausa)

    MARTIN  —  Y tampoco tuvo acné juvenil, ya que estamos. Le puse el cursor de la piel al máximo. Imagínate un Führer lleno de granos.

    LEONARDO  (muy despacio, sin ninguna satisfacción en decirlo)  —  La ternura no es una vacuna, Angela. Nunca lo ha sido. Y recuerda la regla nueve.

    LEONARDO  —  Le rechazaron lo único que quería ser en el mundo. Y el mundo, en vez de eso, le ofreció otra cosa que se le daba igual de bien: que la gente le escuchara.

    (ANGELA, por fin, se da la vuelta. Se deja resbalar despacio hasta quedar sentada en el suelo, contra la pared, el dictáfono todavía apretado contra el pecho.)

    ANGELA  —  Yo no puse eso. Yo no puse «que quiera que le escuchen».

    LEONARDO  —  No hacía falta que lo pusieras. Eso lo pone la propia infancia sola, sin que nosotros toquemos ningún cursor.

    ANGELA  (muy bajito, casi sin voz y medio llorando)  —  Dijiste que la diferencia no era lo que fabricábamos nosotros. Que era lo que el mundo hacía con ella después.

    LEONARDO  —  Lo dije. Y sigue siendo verdad. Eso no lo hace más fácil de escuchar cuando es tu propio expediente el que está en la pantalla.

    ANGELA  (levantándose del suelo de golpe, ya no rota, ahora furiosa)  —  Entonces para qué hacemos esto, Leonardo. Para qué nos sentamos aquí cada mañana a repartir sufrimiento con cursores si ya sabes de antemano que la mitad va a salir así. No estamos ayudando a la humanidad. Estamos jugando a ser Dios, y encima se nos da mal.

    LEONARDO  (sin levantarse, sin alzar la voz, pero con algo definitivo en el tono)  —  No. Estamos limpiando el desastre que Dios dejó.

    (Silencio. Ninguno de los dos aparta la mirada.)

    ANGELA  —  Eso no es una respuesta. Eso es una excusa con mayúscula.

    LEONARDO  —  Es lo único que tengo después de doscientos mil años, Angela. Si tienes algo mejor, esta oficina lleva un siglo esperando a alguien que lo traiga.

    (Angela no contesta. Se queda de pie, sin saber qué hacer con las manos, hasta que vuelve a dejarse caer, esta vez en su silla plegable, ya sin fuerzas para seguir de pie.)

    ANGELA  (mirándolo, con algo que ya no es tristeza sino otra cosa)  —  Llevas tanto tiempo aquí que ya ni te sorprendes. Y eso, Leonardo, a mí me da más miedo que ese Führer.

    (Silencio. LEONARDO abre la boca, y por primera vez en toda la obra, no tiene ninguna réplica lista. Cierra la boca otra vez, sin decir nada.)

    (Silencio largo. MARTIN, con cuidado, intenta aligerar sin ser insensible.)

    MARTIN  —  ¿Quieres ver uno que salió bien? Para respirar un momento.

    (ANGELA, todavía en la silla plegable, respira hondo — la primera vez en toda la obra que se sienta en ella sin quejarse con una mueca de lo incómoda que es.)

    ANGELA  (sin fuerzas para decir que no)  —  Vale.

    MARTIN  —  Ese es el nuestro. Bueno, el tuyo y el mío.

    LEONARDO  (mirando la pantalla de su portátil)  —  Funcionó. Aunque tampoco lo tuvo fácil del todo — tuvo que huir de su propio país al final, por la misma cosa exacta que le pusimos de peaje.

    MARTIN  —  El peaje nunca se cobra una sola vez. Eso ya lo sabíamos.

    ANGELA  —  Entonces los médicos de ahora dirían que estaba muy trastornado. Puso casi todo al máximo.

    (Silencio. Nadie sabe muy bien qué hacer con esa frase, así que nadie dice nada.)

    MARTIN  —  Ese también salió de aquí.

    (ANGELA se levanta otra vez, exactamente el mismo gesto que con Ignaz, como si su cuerpo no hubiera aprendido nada de la primera vez.)

    ANGELA  —  Ahí está. Un final feliz de verdad, por fin.

    (ANGELA se deja caer otra vez en la silla, esta segunda vez sin sorpresa, solo con el cansancio de quien ya sabía cómo iba a terminar y ha querido creer lo contrario de todos modos.)

    (Silencio. LEONARDO empieza a balancearse, ligeramente, hacia adelante y hacia atrás — no un balanceo suave, sino rítmico, mecánico, como un metrónomo.)

    MARTIN  —  ¿Estás bien?

    LEONARDO  —  El balanceo me ayuda a mantener los pensamientos dentro.

    (ANGELA, sin darse cuenta, empieza a balancearse también, imitándolo, contagiada del ritmo, igual que le pasó con el movimiento de Martin aquella primera mañana.)

    (MARTIN, viéndolos a los dos sincronizados sin él, se siente fuera de algo que no sabe nombrar — y golpea la mesa con la palma, fuerte, para romper el ritmo.)

    (LEONARDO se para en seco. Lo mira con algo que se parece mucho al odio.)

    LEONARDO  —  Ahora no puedo seguir.

    (Se levanta y va hacia la máquina de café. Le da un golpe, sin fuerza esta vez, casi ausente. Del bolsillo interior de la chaqueta saca la Gioconda de cartón — la lleva encima, aunque nadie lo sabía — y la mira un momento, de espaldas a los otros dos, sin que ellos puedan verla. Algo en sus hombros empieza a aflojarse, muy despacio.)

    (Y entonces, sin ningún aviso, el altavoz de pared se enciende solo — no la voz de Pedro esta vez, sino una voz de mujer, grave y seductora, que llena la sala entera.)

    MARTIN — El mundo siempre encuentra la manera de castrar a sus mejores mentes. Literal o metafóricamente. Da igual.

    (Silencio absoluto. LEONARDO, todavía de espaldas, no se mueve. MARTIN y ANGELA se miran, sin entender nada.)

    (LEONARDO, por fin, se guarda la Gioconda en el bolsillo y se gira. Algo en su cara ya está otra vez en su sitio, aunque se nota que le ha costado.)

    MARTIN  —  Eso era de la oficina de Casto.

    (Nadie añade nada más. Vuelven al informe, como si aquello no hubiera pasado, porque en esta oficina, al parecer, cosas peores han pasado antes del desayuno.)

    ANGELA  —  ¿Por qué ninguno de los finales felices es un final feliz de verdad? Excepto por ese ministro.

    LEONARDO  —  Alguno lo es. Los que no repasamos nunca en estas reuniones, porque no hay nada dramático que contar de ellos. Viven, hacen lo suyo, mueren viejos, tranquilos. Esos no salen en la pantalla. Esos no salen en ningún sitio.

    MARTIN  (muy quieto, de golpe)  —  Ese es el mío. El momento del bug.

    ANGELA  —  ¿Compensaste el bug… con esto?

    MARTIN  —  Compensé el bug eligiendo el país más pequeño y más ignorado que se me ocurrió en ese momento. Pensé que así no iba a pasar nada.

    LEONARDO  —  Vlad Tercero también empezó pequeño, Martin. Nadie empieza grande.

    MARTIN —  Al menos Vlad tenía sentido del espectáculo. Pol Pot era más aburrido: solo hacía desaparecer gente sin música de fondo.

    (Silencio largo.)

    MARTIN  —  Elegí Camboya porque pensé que ahí no pasaba nunca nada.

    LEONARDO  —  Nunca pasa nada, hasta que pasa. Y entonces resulta que llevaba pasando mucho tiempo. Solo que nadie miraba.

    (MARTIN cambia de tema, deprisa, incómodo.)

    MARTIN  —  Bueno. Ya que estamos. El nuestro. El de Angela y mío.

    (Silencio. Ahora es LEONARDO quien no dice nada.)

    LEONARDO  —  Ese lo sé desde hace cien años, Martin. No hacía falta que lo pidieras tú.

    MARTIN  (intentando sonar despreocupado, sin conseguirlo del todo)  —  ¿Qué dice?

    MARTIN  —  No hace falta que lo leas entero.

    ANGELA  —  ¿Eso es todo? ¿Toda una vida?

    (MARTIN y ANGELA se levantan, casi al mismo tiempo, sin haberlo decidido. MARTIN — que no ha parado quieto en toda la obra, que no ha dejado de moverse, tocar, girar, caminar — se queda completamente inmóvil. Se sienta en el suelo, entre los papeles que él mismo tiró antes buscando la Regla 5, y por primera vez no dice nada gracioso. ANGELA da la espalda a la pantalla, sin poder mirarla más, con una vergüenza que no necesita palabras.)

    (Silencio largo.)

    MARTIN  (al fin, desde el suelo, sin nada de su sonrisa habitual)  —  Le quitamos todo lo que dolía. Y sin nada que doliera, no tuvo ni una sola razón para levantarse de la cama.

    LEONARDO  — El talento es resistencia bien alineada. Sin resistencia solo queda tiempo que matar, Martin. Tú mismo lo sabes mejor que nadie. Sin resistencia no hay talento. Solo hay tiempo que pasar.

    ANGELA  (muy bajito)  —  Lo hicimos nosotros. Tú y yo. A propósito.

    MARTIN  —  Sí.

    (Silencio. Ninguno de los dos añade nada más. No hace falta.)

    LEONARDO (Seco, gélido, con el desprecio de los 200.000 años)Trato hecho, Pedro. El chico ha muerto de causas naturales. El universo es muy injusto.

    (El silencio vuelve a caer, pero ahora es un silencio sucio, cómplice, asqueroso. Angela mira a Leonardo, horrorizada de que él haya aceptado el trato tan rápido.)

    ANGELA  (Con la voz rota)¿Cómo puedes? Acabamos de enterrar a un chico.

    LEONARDO (Sin mirarla, mirando la pantalla) Acabamos de enterrar a un expediente, Angela. El chico lo enterró el mundo real hace cien años. Aquí solo hacemos la contabilidad.

    ANGELA  —  Eso es más que el ciclo anterior.

    LEONARDO  —  Mucho más.

    ANGELA  —  Traducidlo. No puedo con más frases bonitas hoy.

    MARTIN  —  Los cogieron pequeños y les enseñaron a comportarse como todos los demás. Terapia para que dejaran de aletear las manos. Pastillas para que se quedaran quietos en clase. Deberes calcados al del compañero de al lado. Todo con buena intención, que conste. Nadie se levanta por la mañana pensando en hacer daño.

    LEONARDO  —  Pero el resultado es el mismo daño, se llame como se llame la intención que lo empuja.

    LEONARDO (Se detiene. Deja la taza. Mira a la pantalla, luego a Angela. Su voz no tiene ira, tiene la cansada autoridad de los 200.000 años)Han perfeccionado el arte de la mutilación consentida.

    (Pausa. Leonardo se endereza la taza, exactamente un centímetro).

    LEONARDO — La humanidad prefiere un infeliz que encaje en la silla… a un genio que necesite sentarse en el suelo.

    ANGELA (se levanta de golpe entusiasta) —  El cursor de rebeldía.

    LEONARDO  —  ¿Qué?

    ANGELA  (se sienta de nuevo con un entusiasmo recuperado)  —  El primer día. Dije que subiéramos el cursor de rebeldía en todos. Que no les funcionara el formateo.

    MARTIN  —  Y lo hicimos.

    ANGELA  —  ¿Y no ha servido de nada?

    LEONARDO  —  Ha servido para el trece por ciento, Angela. No es nada. Es solo mucho menos de lo que querías.

    MARTIN  (con una sonrisa torcida)  —  Ese lleva mi nombre.

    LEONARDO  —  No es del todo casualidad.

    (Silencio. LEONARDO se lleva la taza vacía a los labios, por pura costumbre, y se da cuenta a medio gesto de que no hay nada que beber. La deja donde estaba.)

    ANGELA  —  ¿Otra vez?

    LEONARDO  —  El cursor de rebeldía no protege de nada, Angela. Solo permite que alguien se resista lo suficiente como para que el mundo, por fin, tenga que mirar. Eso no es lo mismo que salir ileso.

    MARTIN  —  Cambió las leyes de su país antes de morir. Eso también hay que contarlo.

    LEONARDO  —  Sí. Hay que contar las dos cosas siempre. Es lo único que hemos aprendido en tanto tiempo aquí sentados.

    (Angela no pide ver nada más. Se queda quieta, con el dictáfono colgado, apagado, en la mano.)

    LEONARDO  —  Ya sabemos qué vamos a proponer arriba, de todos modos. Lo que llevas diciendo desde el primer día, sin saber que nosotros llevábamos diciéndolo desde hace mucho más tiempo del que puedes imaginar. Que el problema no está aquí. Que el problema está en lo que la Tierra hace con lo que le mandamos.

    MARTIN  —  Van a decir que no. Siempre dicen que no.

    LEONARDO  —  Sí. Y lo vamos a proponer otra vez el ciclo que viene. Y el siguiente. Hasta que alguien, algún día, deje de decir que no.

    (Se levantan, despacio, cansados de una manera que no tiene que ver con las piernas. LEONARDO coge la Gioconda del cajón, esta vez sin esconderla, y se la lleva consigo, bajo el brazo, como quien se lleva algo a casa por primera vez en mucho tiempo. Los tres caminan hacia la puerta y salen.)

    (Silencio. La luz baja y solo está en el centro, los alrededores se vuelven oscuros). La escena vacía un momento. Y entonces, desde fuera, la voz de ANGELA.)

    ANGELA  (fuera de escena)  —  Ay, olvidé mi portátil.

    MARTIN  (fuera de escena)  —  Te acompaño.

    (La puerta se abre. Entran MARTIN y ANGELA, sin Leonardo. Angela va hacia la mesa dónde está su portatil, pero no lo coge todavía. Se queda quieta.)

    ANGELA  —  Tengo una duda.

    MARTIN  —  ¿Ahora?

    ANGELA  —  Leonardo. Nunca ha dicho que viviera en la Tierra. Pero dijo algo que me hizo creer que fue el caso. ¿Y si…? (duda, casi le da vergüenza decirlo en voz alta) ¿Y si Leonardo fue Da Vinci?

    (Silencio. Martin la mira, y por una vez no tiene una respuesta lista, cosa muy rara en él.)

    MARTIN  —  Hum. Puede ser. Eso explicaría bastantes cosas, la verdad.

    ANGELA  —  ¿Cómo lo comprobamos?

    MARTIN  (mirando hacia el portátil de Leonardo, el único de mesa, todavía abierto)  —  Su portátil tiene acceso a los expedientes. Todos los expedientes. Incluido el suyo, si existe.

    ANGELA  —  Eso no estaría bien.

    MARTIN  —  No.

    (Ninguno de los dos se mueve. Y entonces, los dos a la vez, se acercan al portátil.)

    (Tecleo rápido, nervioso. Silencio mientras cargan la pantalla. Y entonces, los dos se quedan mirando fijamente, sin decir nada durante un segundo demasiado largo.)

    (Leonardo entra en silencio pero se queda en un lugar oscuro y el público no puede verlo y se queda brazos cruzados detrás de ellos sin que puedan verlo)

    ANGELA  (muy entusiasta)  —  Es él.

    MARTIN  —  Es él.

    (No hace falta que la pantalla lo diga en voz alta esta vez: los dos lo están leyendo en silencio, inclinados sobre la misma pequeña luz azul, dos ladrones frente a un cajón que no era suyo.)

    ANGELA  (con la voz cambiada, más pequeña, ya sin ninguna gracia)  —  Quiero mirar si tengo uno también. Tal vez es un requisito para estar en esta oficina. Haber sido uno de los manipulados. Podría haber sido alguien yo también, antes de esto.

    MARTIN  —  Angela…

    ANGELA  —  Y ya que estamos.

    (Teclea antes de que Martin pueda decir nada más.)

    ANGELA  —  ¿Una máquina de escribir?

    MARTIN  —  LA máquina de escribir.

    (Angela se queda mirando la pantalla más tiempo del necesario. Algo se le cae por dentro — se le nota, aunque intenta que no se note.)

    ANGELA  —  Ah.

    MARTIN  —  ¿Estás bien?

    ANGELA  (recomponiéndose casi de golpe, con una sonrisa que le cuesta un poco más de lo normal)  —  Sí. Sí, estoy bien. Una máquina de escribir está bien. Es útil. No hace falta ganar una guerra para que cuente.

    MARTIN  —  Angela. Tú no puedes escribir a mano. Tu cerebro no funciona así. Así que inventaste una máquina que lo hiciera por ti. Eso no es una máquina de escribir. Eso es una prótesis para un mundo que no está hecho para ti. (pausa) Y millones de oficinas la usaron.

    (Silencio. Angela no dice nada, pero algo en su cara cambia — no es tristeza esta vez, ni decepción. Es otra cosa.)

    ANGELA  (con la voz ya firme, distinta)  —  Estoy bien, Martin. En serio.

    (Se gira hacia él, casi sonriendo, casi como al principio de la obra.)

    ANGELA  —  Ahora el tuyo.

    (Martin duda un segundo — más de lo que le gustaría admitir. Después, casi con alivio de que le toque hablar de otra cosa que no sea la máquina de escribir de Angela, teclea.)

    ANGELA  —  ¿Eso también significa algo?

    MARTIN  (sin apartar la vista de la pantalla)  —  Significa que alguien ya intentó esto antes. Y que no salió bien.

    ANGELA  —  ¿De riesgo?

    MARTIN  (muy quieto, de repente, mirando la pantalla como si pudiera abrirse sola si la mira suficiente tiempo)  —  ¿Riesgo de qué?

    (Silencio. Ninguno de los dos sabe qué hacer con esa palabra.)

    (Martin aleja sus manos del teclado. Asustado de darse cuenta de que el sistema considera que es peligroso.)

    ANGELA  (de repente, con una energía completamente distinta, sonrie, entusiasta)  —  Tenemos que hacernos un selfi. Esto hay que recordarlo.

    MARTIN  —  ¿Una foto? ¿Ahora?

    (Angela saca un viejo polaroid de un cajón).

    ANGELA  —  Es historia. Bueno, es cotilleo. Pero de los buenos.

    (Levanta el viejo polaroid, se junta a Martin, busca el ángulo, sonríe. El flah de la camera hace aparecer Leonardo detrás de ellos, brazos cruzados. Y entonces, en la foto, en el fondo del encuadre, aparece LEONARDO.)

    (Angela sacude la foto para que se revela sonriendo).

    (Martin es distraïdo por algo).

    ANGELA  (la sonrisa congelada en la cara)  —  Martin.

    MARTIN  —  ¿Qué?

    ANGELA  —  Mira el fondo de la foto.

    (MARTIN se gira despacio. Ahí está LEONARDO, exactamente donde la pantalla del teléfono decía que estaba. No dice nada. No hace falta.)

    LEONARDO  (todavía en la puerta, donde lleva ya un buen rato sin decir una palabra desde que lo descubrieron en la foto, hablando ahora, por fin, con una voz perfectamente tranquila)  —  Cuidado con esa curiosidad. Es la misma que le hemos estado poniendo a la gente toda la mañana. Y ya habéis visto lo que les pasa a los que la tienen.

    (MARTIN y ANGELA se giran hacia él — ya no sobresaltados, llevan un rato sabiendo que está ahí, pero sí incómodos, las manos todavía sobre el teclado, pillados igual, aunque esta vez a cámara lenta.)

    ANGELA  —  Llevas ahí todo este rato.

    MARTIN  —  ¿Por qué no has dicho nada?

    LEONARDO  (sin moverse de la puerta, con la Gioconda todavía bajo el brazo)  —  Porque quería ver hasta dónde llegabais.

    (Silencio total. Nadie se mueve. La luz empieza a bajar, muy despacio, con los tres todavía mirándose, sin que nadie diga nada más.)